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Desde un
indeterminado reino oriental, donde todo gesto tiene su exacto significado y en
el que los ropajes estableces clases sociales y ponen de manifiesto situaciones
anímicas. Miguel Condé dibuja y pinta sobre papel lo permanente de la
vida. Sus personajes pueden utilizar cámaras de filmación televisiva y hacer el
gesto de fotografiar a quienes les contemplan, así como conectarse unos con
otros mediante aparentes micrófonos que, en realidad, son corrientes vitales,
pero están instalados en los cielos de la cultura que nunca se agota y el rayo
de luz en el que vibra, incansable, el pensamiento creativo. Por ello no se
repite, sino que siempre es actual. No es el tiempo pasado el que respiran sus
obras al carboncillo y a la acuarela, sino el presente que hay en todos
nosotros. Conviene no dejarse llevar por lo aparente, sino aprovechar lo exacto
de la línea y lo sugerente del color para introducirse en las motivaciones de
unos personajes que están en permanente diálogo desde su aparente silencio.
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