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Las obras de este artista, también en el caso de esta muestra,
funden su modo de ser con su manera de aparecer para intentar transmitirnos el
mundo en el cuál están inmersas: el mundo de lo equívoco, de lo enigmático, de
los secreto, del trastorno que puede provocar cualquier revelación inoportuna.
Con su lenguaje figurado, aristocrático, nos presenta a sus personajes, nos
indica las relaciones establecidas entre ellos y alude a una especie de orígenes
cifrados. Las situaciones que tales personajes escenifican me parecen siempre
instantes de transición entre la custodia rigurosa de su verdad y la decisión
momentánea de la confidencia: instantes graves, bellos, frágiles y vulnerables,
a los que por nuestra parte hay que aplicar una serie de dosis de juego para que
se produzca el necesario entendimiento. El hermetismo, cuando es sincero, hijo
de la necesidad y directo como la espontaneidad, es resultado de la magia
disciplinada, y lo que permanece cerrado hacia fuera abre hacia dentro, hacia el
interior de la percepción y de la conciencia, campos de espléndida dimensión.
Miguel Condé parece saber, de acuerdo con todo esto, que la imagen es lo que
invita a entrar, lo que imita, lo aparente, lo superficial, pero también lo
patente, lo manifiesto, lo sacado a la luz, lo contado. Seamos, pues, buenos
"guardianes del secreto" y distingamos, como nos aconseja Jankelevitch, entre la
ficción artística y el fingimiento artificial, porque la primera es obra y el
segundo, maniobra. Sería cuestión ésta, grave asunto para los tiempos que
corren, pero hermoso quehacer para ser aplicado a las obras que intentan
orquestar noches de ronda para la belleza |