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Hay cualidades
pictóricas en David Guàrdia (Barcelona, 1957) tanto en
la composición
como en el color. La capacidad artística es
advertible en la voluntad descriptiva de sus gouaches y
en las síntesis que intenta con los grandes formatos.
Incluso acierta con su temática de playas, pero insiste
demasiado en la contraposición de la dinámica del
viento y la calma de los grupos de personas en la arena.
Y tiene cercano el peligro de sufrir una insolación, que
en su caso sería el caer en lo meramente ilustrativo.
Dispone de
habilidad
y tiene capacidad para percibir más allá de las
puntuales anécdotas. Porque vale más el ardiente
amarillo de un toldo que el equilibrismo retozón de una
pareja, dicho sea como ejemplo y en relación con una de
sus obras más notables. Y cuando representa una figura
en el aire, debido a
un
salto o a una voltereta, no ha de olvidar que la ley de
la gravedad existe. Sin embargo, conviene fijarse en él
y seguirlo, ya que tiene futuro si sabe insistir en sus
cualidades y dejar de lado la posible facilidad para
conseguir agradables primeras impresiones.
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