Galería Ignacio de Lassaletta
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Benjamín Palencia
Críticas

 

 

 

 
 
Sala Retiro de Casa Madrid
Marta Mantecón
Madrid, marzo de 2000
 
"Era Benjamín un trabajador infatigable, con cara e ingenuidad de campesino. Cuando mostraba sus dibujos –los hacía por miles- empapelaba directamente el suelo del taller, quedando al visitante únicamente el minúsculo espacio de sus pies, imposibilitado de todo movimiento". Son las palabras con que Rafael Alberti describe en la arboleda perdida al prolífico dibujante que fue Benjamín Palencia. (Barrax, Albacete, 1894 –Madrid, 1980), una de las figuras, sin duda alguna, más paradigmáticas del arte español contemporáneo.
A.M. Campoy escribe para el catálogo de la exposición en la Galería Biosca (Madrid, 1981): A los doce años ya dibujaba (...) Dibujó cada día, haciendo del dibujo la gran confidencia y el prolongado ejercicio espiritual de toda su vida (...)En estos dibujos está el proyecto de sus cuadros, muy claramente el de las composiciones animadas por figuras.
Precisamente este apartado de la obra de Benjamín Palencia acaso sea un tanto desconocido, si tenemos en cuenta el reducido número de exposiciones realizadas desde su fallecimiento hasta el momento presente, que se hayan centrado de un modo exclusivo en este capítulo de su creación (Galeria Biosca de Madrid en 1981. Caja de Albacete en Madrid en 1989 o la que realizó la Junta Municipal del Retiro Del Ayuntamiento de Madrid en 1994 son algunos ejemplos.). El propio artista otorga una extraordinaria importancia a su obra sobre papel, plasmando en ésta los aspectos más importantes y característicos de su arte. Asimismo, le dedica una parcela de considerable tamaño en su producción, que exhibirá en numerosas exposiciones individuales y colectivas a lo largo de toda su vida.
Los dibujos que realiza no siempre evolucionan o se desarrollan de un modo paralelo a sus telas, incluso, en repetidas ocasiones, suponen un avance respecto a algunos de los logros obtenidos en pinturas. No obstante, ambos géneros son fundamentales para una comprensión total de la obra de Palencia, al plasmar igualmente esta simbiosis entre modernidad y tradición que fue la seña de identidad fundamental de la obra del artista manchego.

Nacido el 7 de julio de 1894 en el seno de una familia humilde de Barrax –un pequeño pueblo eminentemente agrícola y rural de la provincia de Albacete-, Benjamín Palencia se traslada a Madrid con tan sólo quince años de edad, gracias al apoyo de su tío don Rafael López Egóñez. La desahogada posición económica de éste y su interés por la cultura y el arte, crearon un ambiente propicio para que el joven pintor pudiese empezar a desarrollar su creciente vocación artística, así que se erigió en algo así como su protector o mecenas. De esta manera, la estancia en casa de López Egóñez permitió a Benjamín tener acceso a una magnifica biblioteca y estar al día respecto de las últimas novedades en diferentes publicaciones y revistas. Nunca quiso estudiar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, principal foco de aprendizaje durante aquellos años a numerosos artistas, no sólo de Madrid, sino de todo el país. La formación académica y tradicional que allí se impartía nada tenía que ver con la concepción artística de Benjamín Palencia y de otros artistas contemporáneos que, como él, supieron introducir en nuestro país los primeros brotes de renovación.

"Muchacho campesino con visera". 1920

Grafito sobre papel - 33 x 23 cm.

Situado pues al margen de la enseñanza oficial, Benjamín Palencia se formó asistiendo a las clases del historiador Elías Tormo y, posteriormente, en la Academia libre de Julio Moisés, donde será compañero de Francisco Bores y Salvador Dalí. También conocerá a un amplio grupo de intelectuales –Rafael Alberti, Federico García Lorca o Luis Buñuel-, a raíz de sus frecuentes visitas a la Residencia de Estudiantes y a la tertulia que tenía lugar en el Café Nacional. Es evidente que Benjamín Palencia se aproxima e incluso llega a integrarse en aquellos lugares que conforman el ambiente más innovador y moderno de Madrid de las dos primeras décadas del siglo XX. Asimismo, acude con asiduidad al Museo del Prado a contemplar las obras de los grandes maestros de la pintura española: El Greco, Velásquez, Zurbarán, Goya, etc... y, sobre todo, a realizar numerosos dibujos que le permiten adquirir una técnica que irá desarrollando en sus composiciones futuras. De igual modo, su inquietud y afán de conocimiento le llevan a recorrer diferentes pueblos y ciudades de la geografía española, acumulando vivencias de las que partirá su búsqueda de lo original, de lo primitivo, ese carácter telúrico que imprimirá a su obra en perfecta combinación con su participación en las tendencias de la vanguardia internacional.
En estos momentos Benjamín Palencia está realizando sus primeras obras, dibujos de factura más o menos realista y de una calidad excepcional, así como algún cuadro importante que refleja la impronta del noucentisme catalán, que progresivamente irá cediendo a favor de la influencia del postimpresionismo y del fauvismo. Es igualmente reconocida la huella que ejercen en su obra temprana El Greco y José Gutiérrez Solana, artistas especialmente el primero- hacia los cuales nunca ocultará su admiración.
Gracias a su participación en el I Salón de Otoño de 1916, Juan Ramón Jiménez se fija en su obra. Esto le valdría futuras colaboraciones, siendo la más importante hacia 1923, cuando el joven Benjamín publica setenta y tres dibujos en el que será su primer libro, Niños, dentro de la Biblioteca de definición y concordia que el ilustre escritor y poeta promovió en la revista Índice. Con sólo dos palabras Juan Ramón anticipa en el prólogo de este libro, las dos características esenciales de estos dibujos de infantes: sensualidad y síntesis.

Hasta pasado el primer cuarto de siglo, las composiciones neocubistas atraerán particularmente a Palencia, probablemente por influencia de la obra de Vázquez Díaz, como evidencia la fragmentación en facetas de los fondos de algunas de sus creaciones. No obstante, esta tendencia hacia la geometrización, más característica de sus lienzos, se combinará con signos inequívocos del nuevo realismo que se estaba produciendo en las obras de numerosos artistas europeos adscritos a las primeras vanguardias, y que se conoce como “retorno al orden”.

"Paleta". Tinta sobre papel  -  28 c 22 cm.

En este sentido, es posible que muchos de los dibujos que realiza durante estos años –fundamentalmente figuras de muchachos campesinos y algunos interiores de cafés con tipos populares- deban mucho al concepto de “poesía pura de Juan Ramón, dada su tendencia hacia un nuevo clasicismo, manifiesto en el empleo de un trazo sinuoso, muy lineal y sencillo, patente ya en la etapa “ingresca” de Picasso –que ejercerá una prolongada influencia en la obra de Benjamín Palencia-. Resulta curioso observar los diferentes motivos iconográficos empleados por el pintor según se trate de pintura o de dibujo; mientras que en este último predomina la representación de figuras, en sus óleos sobre lienzo focaliza su interés en los bodegones y en los paisajes.
Su actividad como ilustrador-dibujante está documentada ampliamente en las diferentes publicaciones y revistas en las que colaboró a lo largo de la década de los veinte: España (Madrid, 1915-24), Revista de Occidente (Madrid, 1923-36), Ronsel (Lugo, 1924), Sí (Madrid, 1925), Mediodía (Sevilla, 1926-33), Residencia (Madrid, 1926-34), Verso y Prosa (Murcia, 1927-28), Litoral (Málaga, 1926-29) o Helix ( Vilafranca del Penedés, 1929-30) – las dos últimas, con una serie de dibujos de orientación surrealista-.Asimismo, en la primera mitad de los treinta, Benjamín Palencia trabajará en más de una ocasión con el escritor y editor José Bergamín, como prueban las ilustraciones que realiza para Cruz y Raya (Madrid, 1933-36) y los fotomontajes del almanaque El Aviso de escarmentados del año que acaba y escarmiento de avisados para el que empieza de 1935 (Madrid, 1934).
En 1925 tiene lugar uno de los momentos clave para el arte español de la primera mitad de siglo: la ya mítica Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos en el Palacio del Retiro de Madrid. Benjamín Palencia formará parte de la nómina de artistas participantes ocupando una sala con una serie de óleos y pasteles de temática variada: naturalezas muertas, desnudos y paisajes. En esta muestra cosechará un gran éxito de crítica, consolidándose como figura esencial de la “vanguardia “ del momento.
Como no podía ser menos, marchará a París, donde establecerá su residencia durante un periodo de dos años, aunque alternará dicha estancia con repetidos viajes a España. En la capital francesa comparte estudio con Pancho Cossió, asiste a clases de dibujo en la Grande Chaumière e irá con regularidad a las tertulias que tenían lugar en Montparnasse. Aunque Palencia nunca manifestó haberse encontrado bien en París, lo cierto es que pudo contactar con el grupo de artistas que formarán la denominada Escuela de París y todos aquellos que estaban vinculados a la revista Cahiers dÁrt y a los críticos Zervos y Tériade. Estos artistas de origen español no eran otros que Francisco Bores, José Mª Ucelay, Francisco Peinado, Hernando Viñes, Manuel Ángeles Ortiz, Ismael de la Serna, Pablo Gargallo, Manolo Hugué, Joan Miró, Salvador Dalí e incluso Picasso, y los franceses Braque y Cocteau.

Son años en que realiza fundamentalmente bodegones y naturalezas muertas de reminiscencias cubistas con un lenguaje más depurado, pero también ágil y espontáneo. En ellos introduce formas orgánicas redondeadas que a veces envuelven el motivo central de la composición, y una pincelada resuelta que en determinados lugares se hace transparente – Ciertamente algunas de estas obras dan la sensación de ser pintura sobre pintura, en palabras del profesor Eugenio Carmona-. Palencia asimila la nueva tendencia surgida en París en torno a Cahiers d´Art: la “figuración lírica”, interesándose por la noción de “pintura pura”. Es a partir de estos años cuando la obra de Palencia comienza a situarse en un estadio que podría calificarse ya de madurez.

Progresivamente sus dibujos y pinturas se irán transformando y decantando hacia la libertad expresiva propia del credo surrealista.

"Aperos de labranza" (Barrax)", 1940.

Tinta china sobre papel vegetal  -  23,8 x 31,8

Emplea en sus creaciones algunas de las características más innovadoras de este movimiento, influencia que el propio Palencia quiso atribuir más a la obra de Dalí que a su estancia en París. Igualmente, la temática de sus lienzos se transforma, abandonando paulatinamente los bodegones en pos del paisaje castellano, realizando una magnífica síntesis entre tradición y vanguardia. Es en este momento cuando inicia sus excursiones por Vallecas con Alberto Sánchez (Toledo, 1895 – Moscú, 1962), que constituyeron el origen de la controvertida “Escuela de Vallecas”. Según palabras del escultor:
"Durante un periodo de tiempo bastante largo, a partir de 1927, más o menos, Palencia y yo nos citábamos casi a diario en la Puerta de Atocha, hacia las tres y media de la tarde, fuera cual fuese el tiempo. Recorríamos a pie diferentes itinerarios (...) Terminábamos en el cerro llamado de Almodóvar , al que bautizamos con el nombre de Cerro Testigo porque de ahí había de partir la nueva visión del arte español".
A estas excursiones que también incluían provincias como Toledo y Guadalajara, se unieron varios artistas e intelectuales: Maruja, Mallo, Antonio Rodríguez Luna, Ángel Ferrant, Juan Manuel Díaz-Caneja, Francisco Lasso, Luis Castellanos, Rafael Alberti, Miguel Hernández, José Bergamín, Luis Felipe Vivanco, Enrique Segarra o Manuel Moreno Lacasa.
Al margen de la polémica sobre la existencia o no de esta Escuela como tal y de la aparición de un género de paisaje regional madrileño, Palencia y Alberto se propusieron introducir en el anquilosado panorama español un “ Arte Nuevo” de carácter nacional, bajo el lema “¡ Vivan los campos libres de España¡. De ahí el resurgimiento de la pintura de paisaje castellano tema de gran tradición en nuestro país-, y el intento de poner este género en pie de igualdad con el arte que venía de París. Estos paisajes serán representados con una estética de raíz surrealista y una gran fuerza poética, a lo que se unirá una novedad: el empleo de materiales extraídos del propio paisaje (tierras, arenas, cenizas, etc.) un tanto inusuales en la práctica pictórica del momento, por lo que ha sido calificado de “surrealismo telúrico”. Igualmente, representará el paisaje desde un punto de vista muy próximo, acercando la mirada hacia la esencia que lo constituye, hacia su composición orgánica e inorgánica. Esta experiencia –según Eugenio Carmona- tuvo su fundamento en el “reconocimiento” estético de la naturaleza agraria.

Sus dibujos en estos momentos hacen gala de una gran libertad expresiva, con referencias a determinados aspectos de la obra de Paul Klee, Joan Miró o André Masson: aunque la influencia más notable, perceptible en los dibujos que realice hacia 1933 y 1934, será la de Picasso.

Es en 1930 cuando Benjamín Palencia realiza un viaje a Italia durante el cual podrá contemplar las obras de las grandes figuras del arte italiano de todos los tiempos: Giotto, Pablo Cuello, Piero de la Francesca, Rafael, Miguel Ángel, Tiziano o Tintiretto. Estos maestros de la pintura le impactarán intensamente, hasta el punto de que llegará a publicar un ensayo, “Giotto, raíz viva de la pintura”, en la revista que dirigía José Bergamín ( Cruz y Raya, nº 19, Madrid, 1934). La repercusión del arte italiano será también palpable en ciertos dibujos que realiza años después, inspirados en la “sección áurea” y la “divina proporción”. Además de Italia, recorre países como Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, realizando sendas exposiciones en la Galería Arriman de Nueva York y en la Galería Flechtein de Berlín –esta última se clausurará por ser calificada por los nazis de “arte degenerado”-.

"Mujer en café", 1943

Tinta china sobre papel  -  32,5 x 22,4 cm.

En 1932 la editorial Plutarco publica una colección titulada Los Nuevos Artistas Españoles, que dedica un libro a la obra de Benjamín Palencia, incluyendo un texto suyo en el que manifiesta todo su ideario acerca del “Arte Nuevo”, definiendo la pintura como “la encarnación plástico-poética de sí misma por el pensamiento sugeridor de la forma”, lo cual es bastante significativo si observamos las obras realizadas por Palencia durante estos años. También afirma: “Yo interpreto poéticamente, rayando en el papel mis sueños, mis sensaciones como un niño que no sabe dibujar, pero que sus imágenes rayadas están cargadas de sensibilidad y poesía”. Un año después, expondrá en la galería de Pierre Loeb en París, obteniendo un gran éxito de crítica. Entre el círculo surrealista que fue a visitar esta exposición se encontraban el propio André Breton, Louis Aragón o Benjamín Péret.

Durante estos años cuando Palencia comienza a introducir en sus composiciones ciertas referencias abstractas –sin desligarse en ningún momento de la figuración- patentes en la creciente esquematización y simplificación de lo representado y en el empleo de signos o ideogramas –plasmados a través de extrañas formas de aspecto óseo o lítico- que nos transportan a mundos prehistóricos o imaginados, lo que pone de manifiesto su pasión por lo primigenio y lo primitivo. Realizará magníficos dibujos, muy orgánicos, en los que plasmará un amplio repertorio iconográfico de inspiración surrealista sobre fondos esencialmente planos, remitiéndonos a un universo onírico de naturaleza rural o agraria colmado de misterio, como muestran sus Composiciones surrealistas. Metamorfosis, Fósiles, Formas Prehistóricas y Tauromaquias. Estos dibujos, de evidente ascendencia surreal, tienen ciertas concomitancias con los que preparó Picasso hacia 1927 –publicados ese mismo año en un reportaje de Cahiers d´Art y en el nº 1 de la revista Minotaure (junio, 1933) junto a un artículo de André Breton titulado Picasso dans son élément-, basados en La Crucifixión de Grünewald.

"Hombre con oveja", 1954

Tinta china sobre papel - 33,5 x 47,2 cm

Este tipo de obras adscritas al surrealismo, se completan con unos dibujos que Palencia realiza en estos momentos, en los cuales construye las formas partiendo del color. De hecho, entrará a formar parte del efímero Grupo de Arte Constructivo, fundado en Madrid por Joaquín Torres García, participando en la exposición colectiva que se celebrará en el Salón de Otoño de dicha ciudad en 1933. no obstante, Palencia no asimilará completamente el modo de concebir el arte de este movimiento, si bien se aprecia en su obra la potenciación de ciertos aspectos propios de los constructivistas, como la organización de los planos y volúmenes, que se combinarán con el sólido influjo picasiano y con el surrealismo.
Muy vinculado a los círculos republicanos, Benjamín Palencia colabora como director artístico en “La Barraca”, grupo de teatro universitario fundado por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte entre 1932 y 1936 con el objetivo de acercar la cultura a los pueblos de España mediante la representación de obras clásicas. Palencia ya había participado en este tipo de espectáculos en otras ocasiones, realizando decoraciones para operas –es el caso del guirigay lírico-bufo-bailable de Rafael Alberti titulado La pájara pinta en 1926-. En este momento, diseña el anagrama del grupo –la famosa máscara de teatro superpuesta a la rueda del carro, además de los decorados y figurines para La vida es sueño de Calderón de la Barca. Varios de los dibujos realizados por Palencia durante estos años recuerdan a los de Lorca, especialmente algunos de técnica mixta, muy naturales y espontáneos, ejecutados a partir de líneas de trazo sinuoso y ondulante.
La Guerra Civil supone una tremenda fractura en la trayectoria de la mayor parte de los artistas e intelectuales con espíritu renovador de nuestro país, que se verán obligados a exiliarse fuera de España –entre ellos numerosos compañeros y amigos del pintor-: no obstante, Benjamín Palencia permanecerá en Madrid durante la contienda bélica. Esta horrible experiencia será la causa fundamental de la diferencia que habitualmente se establece entre la obra realizada por Palencia antes y después de la guerra, hasta el punto de poder distinguirse os periodos: el más vanguardista y renovador, anterior a 1936, y el de vuelta a un tipo de figuración más realista o clásica tras el final del conflicto. Ahora Palencia dedica su producción casi exclusivamente a la pintura del paisaje, reiniciando una segunda “Escuela de Vallecas”, de la que formarán parte, a excepción de Luis Castellanos, nuevos componentes: Alvaro Delgado, Luis García Ochoa, Enrique Núñez Castelo, Gregorio del Olmo, Francisco San José o Carlos Pascual de Lara. El propio Benjamín habla de ello en una entrevista con Francisco Rivas realizada años después:
Después de la guerra me presentaron a unos jóvenes (...) Ellos se interesaron mucho por conocer mi estudio y mis cosas. Yo les dije que no, que era muy pronto....,yo no tenía todavía mucha confianza en ellos, en su vocación para la pintura. Me resistía mucho, pero, debido a su insistencia, les invité a mi estudio (...) Yo les dije que no era pintor para darles clases en un interior, que les enseñaría ante la naturaleza, ante el paisaje. Hicimos los primeros paseos y les explicaba el campo, la distancia, la tierra...., siempre en el sentido plástico: íbamos hacía Vallecas......., el único sitio por donde se podía salir de Madrid después de la guerra (...).

Pero este intento de renacer el espíritu de la anterior “ Escuela de Vallecas” no tendrá el éxito esperado, a consecuencia de problemas internos, y sólo durará hasta los primeros años de la década de los cuarenta. En estos momentos los paisajes de Benjamín Palencia acusan una tendencia de corte tradicional hacia una plástica menos experimental, que se irá alejando del surrealismo y de las experiencias vanguardistas: si bien seguirá trabajando en algunos de los aspectos que caracterizan su anterior etapa, sin abandonar nunca esa síntesis entre tradición y modernidad. Palencia será uno de los artistas que propicie la renovación del género del paisaje que se produjo en España en los años cuarenta y cincuenta.

"Caballo en la era", 1963

Tinta china sobre papel  -  16,5 x 22,5 cm.

En esta segunda etapa de su vida y obra, Benjamín Palencia alternará breves estancias en Madrid con su residencia estival en el pueblo abulense de su criado Serafín: Villafranca de la Sierra – donde el arquitecto Luis Felipe Vivanco le construirá una casa- y largas temporadas de otoño e invierno en Altea
En 1943 obtiene la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes con la obra titulada Toledo –dos años antes había recibido la tercera medalla-. Y en más de una ocasión será seleccionado para participar en el Salón de los Once de Eugenio d´Ors. Sus obras comienzan a mostrar un acentuado interés por el empleo de una paleta de color más intenso y potente- se ha hablado de un colorido fauvista-, unas formas que adquieren más volumen y una mayor preocupación por los aspectos lumínicos. Del mismo modo, avanzando en la década de los cuarenta, Palencia representará una serie de figuras, en su mayor parte niños y jóvenes campesinos, dotadas de un carácter ingenuo y primitivo, con un tratamiento clásico, nada académico ni refinado, que acusará nuevamente la influencia de Picasso. En ellos, los trazos y las líneas se multiplican, mientras que el empleo del color se simplifica, logrando una gran concreción y expresividad. También realiza desnudos femeninos y bañistas, pero sin abandonar jamás la representación del paisaje rural español, temática en la que ahondará y trabajará a lo largo de toda su vida con una asombrosa maestría y sobriedad.

Durante los años cuarenta y en las décadas sucesivas, Benjamín Palencia lleva a cabo numerosas exposiciones, tanto individuales como colectivas, en España ( fundamentalmente en galerías de Madrid y Barcelona) y en el extranjero: Buenos Aires, Río de Janeiro, Sao Paulo, Florida, La Habana, Venecia, Munich, Dusseldorf, Roma, etc...Destaca la exposición realizada en la Galería Estilo de Madrid en 1946, porque en ella Palencia exhibe una serie de dibujos que muestran el comienzo de una vuelta a preceptos vanguardistas de tipo expresionista, con unos trazos más anchos que delimitan las formas de un modo mucho más rotundo y expresivo, y un colorido potente de raíz fauvista –que irá adquiriendo un mayor protagonismo, sustituyendo a la línea, a medida que pasan los años.

En 1951 recibe el Gran Premio de la Iª Bienal Hispanoamericana de Arte, evento que tuvo lugar en Madrid y que supuso un intento renovador en el seno de algunos organismos, en este caso el Instituto de Cultura Hispánica -Benjamín Palencia formará parte del jurado en la IIª Bienal Hispanoamericana en La Habana, que le dedicará una sala, igual que en la IIIª Bienal con sede en Barcelona y, unos años después, también participará en la edición numero XXVIII de la Bienal de Venecia-, que consagraría la obra de algunos artistas modernos no vanguardistas, valorándose en el caso de Palencia su renovadora aportación a la pintura de paisaje.

"Autorretrato", 1976

Tinta sobre papel  -  21,2 x 15,6 cm.

Elegido académico de número por la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1974 – “Mi concepto y experiencia de la pintura” será el título de su discurso de entrada-, formará parte de la Academia de san Jorge de Barcelona unos años después. Recibirá sucesivos homenajes y menciones, como la Medalla de Oro al mérito de Bellas Artes. Finalmente, recién inaugurada la que será su última exposición en la Galería Biosca de Madrid, Benjamín Palencia muere el 16 de enero de 1980 con ochenta y cinco años de edad, sin interrumpir jamás su perseverante amor y vocación por el dibujo –a pesar de que, con la edad, sus pinturas fueron sustituyendo a los dibujos-, disciplina ésta en el que demostró una excepcional maestría a lo largo de su fecunda vida creadora.
Marta Mantecón