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| SALA DE EXPOSICIONES DEL BANCO DE GRANADA |
| Junio - Julio de 1975 |
| Juan Antonio Gaya
Nuño |
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¿Cómo olvidar el momento
en que conocí a Benjamín Palencia ni la categoría
egregia del presentador? Fue en Soria, en el año 1932,
creo que en junio, y el que nos ponía en comunicación
era nada menos que Federico García Lorca, con su mono
azul sobre el que destacaba el emblema de la Barraca. No
trataré de alardear de una vieja amistad con Federico,
ya que sólo databa de algo como dos meses antes, pero
sí recuerdo que, usando su expresividad y de su calor,
de su portentosa simpatía y de sus parlantes ademanes,
me hacía la merced de considerarme viejo amigo y me
traspasaba a Benjamín allí, en el chaflán de una
tienda de ultramarinos, bajo un sol pesado y castellano.
Benjamín Palencia me pareció un angelote rubio, y daba
la impresión de estar medio dormido. Impresión que
quizá fuera cierta, en virtud de los trotes a que se
sometían de óptimo grado los esforzados paladines del
teatro universitario, hoy aquí y mañana allá,
feriadores trashumantes de nuestra cultura. Era el mismo
año en que Benjamín Palencia publicó en Editorial
Plutarco, de inolvidable memoria, una monografía
preciosa, tanto por las reproducciones como por el texto,
no encomendado a nadie sino también suyo. Pena y gozo
traen, al mismo tiempo, aquellas páginas, recordatorias
de los años de ilusión, segados con saña. |
Que yo no volviera a ver a Benjamín hasta más de
quince años después tiene poco que extrañar, si se
considera la dureza de mi biografía durante los mismos.
Al principio, no le reconocí, pero no porque él hubiera
envejecido; antes bien, el aviejado lo era yo. Benjamín,
tras la, aventura de la Escuela de Vallecas, en la que yo
tenía que reclutar discípulos, puesto que todos los
aspirantes a pintores se despepitaban por serlo, lo que
sí había adquirido era un aspecto más grave y
magistral. Y ya no era el angelote rubio primero, sino el
hombre reposado que contempla su triunfo sin orgullo ni
ufanía, más con la convicción de que se ha producido
un hecho natural. La época de las exposiciones en la
sala Palma, de Madrid, y en las galerías Layetanas, de
Barcelona, no hay que decir que hoy extintos ambos nidos
de pintura. A partir de entonces, Benjamín ha expuesto
su obra en ocasiones muy contadas, avaramente, se diría
que contenido por una especie de pudor que pienso se
integra bien dentro de lo conocible de sus reacciones. No
habrá más remedio que reaccionar severa y violentamente
contra esa vergüenza, y un día asaltaremos su casa de
la calle de Sagasta para sacar a la luz todas las
toneladas de dibujos y bocetos que guarda a través de
muchos años y que jamás exhibe. Porque todas sus
exposiciones son parciales, incompletas, mancas de algo,
por espléndidas que resulten. Benjamín Palencia siempre
está en débito con nosotros. |
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Le tachan de huraño y de
escondido, le reprochan su escasa vida social, sus
ausencias y sus modos de no dejarse ver, en lo que no
falta alguna razón. Ahora, cuando hasta los pintores
más modestos cuentan con alguna bibliografía de porte
muy superior a los méritos presentables, la dedicada a
él no puede ser más reducida. Es de creer que la
rehuye, y debemos esta postura retraída, muy consciente
de lo poquísimo que significan ya los ditirambos,
ofrecidos prestamente a cualquiera. Vivimos en una etapa
tal, la de elogiar y santificar todo, absolutamente todo,
que alabanzas de más o de menos cuentan en un saldo
definitivo. Es noble que Benjamín esté seguro de la
justicia de ese saldo y que no pretenda activarlo
artificialmente. Y así es, seguramente, el gran artista
de nuestro tiempo menos traído y llevado, menos
comentado, el de menor afición a declaraciones,
entrevistas, intervenciones espectaculares y demás
maneras de tallarse pedestales. A decir verdad, no los
necesita. Pero sí sería razonable que, aún contra su
voluntad, los amigos le sometiéramos a tormento no
público, se entiende- para que nos narrase mil cosas y
cien mil pormenores que no debe arrastrar consigo el día
que se nos vaya. Porque las jerarquías, de lo que fuere,
tienen también sus obligaciones. Y ésta es la segunda
invitación a la violencia utilizable contra Benjamín.
Tranquilizaos, que no seguirá ninguna otra. |
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Demasiado se estaba
difiriendo hablar de lo que importa, de la pintura de
Benjamín Palencia. O de las continuidades de esa pintura
a lo largo de toda una vida, que en tanta extensión de
años coincide con las nuestras. Para comienzo de todo,
el recuerdo de unas palabras que le oí pronunciar hace
así como un cuarto de siglo: |
- Yo, por pintar, sería capaz de todo. |
Y las dijo con una vehemencia y una seguridad que tenían
algo de solemne y de escalofriante, como tienen todas las
declaraciones salidas del corazón. Esta no traicionaba
ningún secreto ni comportaba novedad mayor para los
fieles admiradores de su obra, pero el hecho de que se
formulase ante uno de sus cuadros más poderosos
unificaba un par de sinceridades, y os hago constancia de
que aquel fugaz momento de espectáculo audiovisual
palabras y colores- se me quedó muy grabado, muy
tenazmente fijo. Aquello, realmente era, toda una
autobiografía en siete vocablos y, al propio tiempo,
algo como una expresión de beligerancia ante la vida,
una toma decidida de posiciones. Sí, podemos estar
ciertos de que otros muchos artistas habrán pensado y
dicho otro tanto, pero Benjamín es el primero al que se
lo he oído. Por casualidad o por lo que fuera, tuve esa
suerte. |
Lo mejor de todo es que lo declarado se respalda mediante
una calidad y un número de cuadros bastantes para
explicar que benjamín no ha tenido necesidad de llegar a
ningún visible sacrificio, a ese todo de que
hablará, con tal de realizar su obra. Antes bien, se
diría que tanto los escenarios naturales como los
humanos y animales estaban aguardando su presencia. Las
sierras, los collados, el molino de tierras de Ávila,
los braceros del campo, los niños mocosos y mal
vestiditos, los bueyes y las ovejas, las perdices y las
truchas, todo cuanto permanece y vive más allá de
nuestras inhabitables ciudades esperaba ser objeto de la
mirada de Benjamín, de la atención de Benjamín, de la
pintura de Benjamín Palencia.. Se trataba, ni más ni
menos, que del descubrimiento de la verdadera España. |
Es ésta una idea mía favorita. Creo que, pese a
contar la pintura española de los siglos XIX y XX con
una lucida nómina de paisajistas. El verdadero y más
auténtico talante de nuestras tierras vírgenes y
feroces no se intentó hallar antes de que lo buscase
Benjamín. Ahora bien, de esa búsqueda, o hallazgo o
encuentro, o comunión, o como se quiera decir, quedaban
exentos los parajes risueños, bonitos, pintorescos,
gratos y amenos. Demasiados de nuestros paisajistas
tradicionales, seducidos por el encanto suave de sus
colegas franceses obstinábanse en procurarnos bosques,
ríos y prados de carácter internacional, y claro está
que los hay en nuestra España, pero en minoría respecto
de la facies más común de la piel de toro. Lo que
faltaba era la versión de las tierras ásperas,
estériles, rudas, vivas, igualmente prestigiadas en su
brava desnudez por una aurora rosada y femenina que por
un solazo macho y hasta por los ocasos amoratados. Esa
condición de descubridor de la verdadera tierra
española ha configurado en tal modo la pintura de
Benjamín Palencia cual para clavarla entre muchos signos
de admiración, los aportados por un brusco
reconocimiento de la verdad. De una verdad que estaba
ahí, al alcance de la mano, pero que no se deseaba ver. |
Aquí, otra confesión del pintor, no menos válida
que la antes comentada. Me refirió, también ante un
cuadro suyo, que en ocasiones, como temeroso de que la
hermosura vista se le escapara antes de llegar a
pintarla, con miedo de no poder resistir un momento más
el impacto y la emoción de una parcela casi
alucinante- de España, prescindía de los pinceles,
vehículo e intermediario excesivamente lento para su
ansia, y aplicaba el color al lienzo con los dedos,
eliminando cuanto pudiera interponerse entre él y la
pintura, y haciendo ésta aún más suya. Puede ser -no
lo sé- que otros pintores de la tendencia fauve hayan
hecho algo semejante. En todo caso, el fierismo de
Benjamín, o la fiereza, ya patente en su cabeza leonina,
queda de manifiesto en el procedimiento declarado. Y sí,
ahora que viene a cuento: He clasificado a nuestro pintor
como fauve ibérico, y lo mantengo, sin que la adopción
de la voz francesa suponga otro propósito que el de
entendernos todos, y si es posible, que se enteren fuera.
Y es útil proceder a la clasificación de lo que sea,
porque incluso las maravillas son clasificables. |
Entonces, convencidos de ese fierismo de Benjamín
Palencia, no será menormente útil razonarlo, aunque
sobre hacerlo. Yo recuerdo un ejemplar cuadro suyo en el
que figuran unos toros, éste rojo, el otro azul, no sé
si un tercero verde, con lo que resultan toros sagrados y
mágicos, toros imposibles en su alta y religiosa
solemnidad. Los animales que se pesan por arrobas
adquieren una policromía antes reservada a seres mucho
más delicados e imbeles. Como recuerdo también una
naturaleza inerte, la de un violoncello en color malva,
que no se sabe por qué, se diría más arbitrario que la
torada policromada. El fauvismo o fierismo ibérico de
Benjamín guarda muchas sorpresas semejantes,
infinitamente más audaces que las que ese movimiento
pictórico cosechó en su tierra originaria. No hay que
sorprenderse de ello. Menos por propósito preconcebido
que por fidelidad al tremendo escenario nacional, todo es
posible en la obra del gran pintor. Todo es posible en la
extraordinaria aventura de descubrir una España ignorada
durante siglos. |
Es verdadera fortuna que seamos contemporáneos de tal
aventura, que guardemos vivo y activo a su autor y
responsable, que nos quepa, al menos, la alegría de
participar, siquiera pasivamente y como espectadores, de
una empresa de semejante generosidad y de tanta entraña.
Nos sentimos, a la par que coetáneos, cómplices y
solidarios de una pintura espléndidamente reveladora de
algo que hay en derredor de todos nosotros. Me explicaré
mejor. Cuando yo era pequeño y comencé a interesarme
por el arte viviente, sabía que los principales pintores
españoles, como Picasso y Juan Gris, tenían que residir
y trabajar fuera de España, que les quedaba estrecha. En
ciertos aspectos estrecha, sí, aunque fuera tan
espaciosa como lo es hoy. Que los metabolismos de nuestro
arte variado hasta el punto de que los primeros artistas
de hora presente actúen dentro del solar común, no es
poco consolador. Los tenemos aquí, cerca de nosotros, y
nos están diciendo como son nuestras tierras. No es
poco. |
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Creo que me propuse decir algo importante acerca de
Benjamín Palencia y, en fin de cuentas, no he dicho
nada. Es natural. No cabe en unas pocas palabras lo
muchísimo que sugiere la pintura de este hombre, la que
observo, lo vigilo y cuido mentalmente desde hace más de
cuarenta años. Tanto da. Lo importante es que continué
pintando y que su obra sea conocida conocida de
verdad - por todas las gentes sensibles. |
Juan Antonio
Gaya Nuño |
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