Galería Ignacio de Lassaletta
Rambla de Catalunya 47 - 08007 Barcelona - Tel.:93.488.02.21 Fax.:93.488.00.06
 
 
 
 
Inicio
Artistas
Galería
Exposición
Catálogos
 
 
 
Benjamín Palencia
Críticas

 

 

 

 
 
SALA DE EXPOSICIONES DEL BANCO DE GRANADA
Junio - Julio de 1975
Juan Antonio Gaya Nuño
 
¿Cómo olvidar el momento en que conocí a Benjamín Palencia ni la categoría egregia del presentador? Fue en Soria, en el año 1932, creo que en junio, y el que nos ponía en comunicación era nada menos que Federico García Lorca, con su mono azul sobre el que destacaba el emblema de la Barraca. No trataré de alardear de una vieja amistad con Federico, ya que sólo databa de algo como dos meses antes, pero sí recuerdo que, usando su expresividad y de su calor, de su portentosa simpatía y de sus parlantes ademanes, me hacía la merced de considerarme viejo amigo y me traspasaba a Benjamín allí, en el chaflán de una tienda de ultramarinos, bajo un sol pesado y castellano. Benjamín Palencia me pareció un angelote rubio, y daba la impresión de estar medio dormido. Impresión que quizá fuera cierta, en virtud de los trotes a que se sometían de óptimo grado los esforzados paladines del teatro universitario, hoy aquí y mañana allá, feriadores trashumantes de nuestra cultura. Era el mismo año en que Benjamín Palencia publicó en Editorial Plutarco, de inolvidable memoria, una monografía preciosa, tanto por las reproducciones como por el texto, no encomendado a nadie sino también suyo. Pena y gozo traen, al mismo tiempo, aquellas páginas, recordatorias de los años de ilusión, segados con saña.
 Que yo no volviera a ver a Benjamín hasta más de quince años después tiene poco que extrañar, si se considera la dureza de mi biografía durante los mismos. Al principio, no le reconocí, pero no porque él hubiera envejecido; antes bien, el aviejado lo era yo. Benjamín, tras la, aventura de la Escuela de Vallecas, en la que yo tenía que reclutar discípulos, puesto que todos los aspirantes a pintores se despepitaban por serlo, lo que sí había adquirido era un aspecto más grave y magistral. Y ya no era el angelote rubio primero, sino el hombre reposado que contempla su triunfo sin orgullo ni ufanía, más con la convicción de que se ha producido un hecho natural. La época de las exposiciones en la sala Palma, de Madrid, y en las galerías Layetanas, de Barcelona, no hay que decir que hoy extintos ambos nidos de pintura. A partir de entonces, Benjamín ha expuesto su obra en ocasiones muy contadas, avaramente, se diría que contenido por una especie de pudor que pienso se integra bien dentro de lo conocible de sus reacciones. No habrá más remedio que reaccionar severa y violentamente contra esa vergüenza, y un día asaltaremos su casa de la calle de Sagasta para sacar a la luz todas las toneladas de dibujos y bocetos que guarda a través de muchos años y que jamás exhibe. Porque todas sus exposiciones son parciales, incompletas, mancas de algo, por espléndidas que resulten. Benjamín Palencia siempre está en débito con nosotros.
* * *
Le tachan de huraño y de escondido, le reprochan su escasa vida social, sus ausencias y sus modos de no dejarse ver, en lo que no falta alguna razón. Ahora, cuando hasta los pintores más modestos cuentan con alguna bibliografía de porte muy superior a los méritos presentables, la dedicada a él no puede ser más reducida. Es de creer que la rehuye, y debemos esta postura retraída, muy consciente de lo poquísimo que significan ya los ditirambos, ofrecidos prestamente a cualquiera. Vivimos en una etapa tal, la de elogiar y santificar todo, absolutamente todo, que alabanzas de más o de menos cuentan en un saldo definitivo. Es noble que Benjamín esté seguro de la justicia de ese saldo y que no pretenda activarlo artificialmente. Y así es, seguramente, el gran artista de nuestro tiempo menos traído y llevado, menos comentado, el de menor afición a declaraciones, entrevistas, intervenciones espectaculares y demás maneras de tallarse pedestales. A decir verdad, no los necesita. Pero sí sería razonable que, aún contra su voluntad, los amigos le sometiéramos a tormento –no público, se entiende- para que nos narrase mil cosas y cien mil pormenores que no debe arrastrar consigo el día que se nos vaya. Porque las jerarquías, de lo que fuere, tienen también sus obligaciones. Y ésta es la segunda invitación a la violencia utilizable contra Benjamín. Tranquilizaos, que no seguirá ninguna otra.
* * *
Demasiado se estaba difiriendo hablar de lo que importa, de la pintura de Benjamín Palencia. O de las continuidades de esa pintura a lo largo de toda una vida, que en tanta extensión de años coincide con las nuestras. Para comienzo de todo, el recuerdo de unas palabras que le oí pronunciar hace así como un cuarto de siglo:
- Yo, por pintar, sería capaz de todo.
Y las dijo con una vehemencia y una seguridad que tenían algo de solemne y de escalofriante, como tienen todas las declaraciones salidas del corazón. Esta no traicionaba ningún secreto ni comportaba novedad mayor para los fieles admiradores de su obra, pero el hecho de que se formulase ante uno de sus cuadros más poderosos unificaba un par de sinceridades, y os hago constancia de que aquel fugaz momento de espectáculo audiovisual –palabras y colores- se me quedó muy grabado, muy tenazmente fijo. Aquello, realmente era, toda una autobiografía en siete vocablos y, al propio tiempo, algo como una expresión de beligerancia ante la vida, una toma decidida de posiciones. Sí, podemos estar ciertos de que otros muchos artistas habrán pensado y dicho otro tanto, pero Benjamín es el primero al que se lo he oído. Por casualidad o por lo que fuera, tuve esa suerte.
Lo mejor de todo es que lo declarado se respalda mediante una calidad y un número de cuadros bastantes para explicar que benjamín no ha tenido necesidad de llegar a ningún visible sacrificio, a ese “todo” de que hablará, con tal de realizar su obra. Antes bien, se diría que tanto los escenarios naturales como los humanos y animales estaban aguardando su presencia. Las sierras, los collados, el molino de tierras de Ávila, los braceros del campo, los niños mocosos y mal vestiditos, los bueyes y las ovejas, las perdices y las truchas, todo cuanto permanece y vive más allá de nuestras inhabitables ciudades esperaba ser objeto de la mirada de Benjamín, de la atención de Benjamín, de la pintura de Benjamín Palencia.. Se trataba, ni más ni menos, que del descubrimiento de la verdadera España.
Es ésta una idea mía favorita. Creo que, pese a contar la pintura española de los siglos XIX y XX con una lucida nómina de paisajistas. El verdadero y más auténtico talante de nuestras tierras vírgenes y feroces no se intentó hallar antes de que lo buscase Benjamín. Ahora bien, de esa búsqueda, o hallazgo o encuentro, o comunión, o como se quiera decir, quedaban exentos los parajes risueños, bonitos, pintorescos, gratos y amenos. Demasiados de nuestros paisajistas tradicionales, seducidos por el encanto suave de sus colegas franceses obstinábanse en procurarnos bosques, ríos y prados de carácter internacional, y claro está que los hay en nuestra España, pero en minoría respecto de la facies más común de la piel de toro. Lo que faltaba era la versión de las tierras ásperas, estériles, rudas, vivas, igualmente prestigiadas en su brava desnudez por una aurora rosada y femenina que por un solazo macho y hasta por los ocasos amoratados. Esa condición de descubridor de la verdadera tierra española ha configurado en tal modo la pintura de Benjamín Palencia cual para clavarla entre muchos signos de admiración, los aportados por un brusco reconocimiento de la verdad. De una verdad que estaba ahí, al alcance de la mano, pero que no se deseaba ver.
 Aquí, otra confesión del pintor, no menos válida que la antes comentada. Me refirió, también ante un cuadro suyo, que en ocasiones, como temeroso de que la hermosura vista se le escapara antes de llegar a pintarla, con miedo de no poder resistir un momento más el impacto y la emoción de una parcela –casi alucinante- de España, prescindía de los pinceles, vehículo e intermediario excesivamente lento para su ansia, y aplicaba el color al lienzo con los dedos, eliminando cuanto pudiera interponerse entre él y la pintura, y haciendo ésta aún más suya. Puede ser -no lo sé- que otros pintores de la tendencia fauve hayan hecho algo semejante. En todo caso, el fierismo de Benjamín, o la fiereza, ya patente en su cabeza leonina, queda de manifiesto en el procedimiento declarado. Y sí, ahora que viene a cuento: He clasificado a nuestro pintor como fauve ibérico, y lo mantengo, sin que la adopción de la voz francesa suponga otro propósito que el de entendernos todos, y si es posible, que se enteren fuera. Y es útil proceder a la clasificación de lo que sea, porque incluso las maravillas son clasificables.
Entonces, convencidos de ese fierismo de Benjamín Palencia, no será menormente útil razonarlo, aunque sobre hacerlo. Yo recuerdo un ejemplar cuadro suyo en el que figuran unos toros, éste rojo, el otro azul, no sé si un tercero verde, con lo que resultan toros sagrados y mágicos, toros imposibles en su alta y religiosa solemnidad. Los animales que se pesan por arrobas adquieren una policromía antes reservada a seres mucho más delicados e imbeles. Como recuerdo también una naturaleza inerte, la de un violoncello en color malva, que no se sabe por qué, se diría más arbitrario que la torada policromada. El fauvismo o fierismo ibérico de Benjamín guarda muchas sorpresas semejantes, infinitamente más audaces que las que ese movimiento pictórico cosechó en su tierra originaria. No hay que sorprenderse de ello. Menos por propósito preconcebido que por fidelidad al tremendo escenario nacional, todo es posible en la obra del gran pintor. Todo es posible en la extraordinaria aventura de descubrir una España ignorada durante siglos.
Es verdadera fortuna que seamos contemporáneos de tal aventura, que guardemos vivo y activo a su autor y responsable, que nos quepa, al menos, la alegría de participar, siquiera pasivamente y como espectadores, de una empresa de semejante generosidad y de tanta entraña. Nos sentimos, a la par que coetáneos, cómplices y solidarios de una pintura espléndidamente reveladora de algo que hay en derredor de todos nosotros. Me explicaré mejor. Cuando yo era pequeño y comencé a interesarme por el arte viviente, sabía que los principales pintores españoles, como Picasso y Juan Gris, tenían que residir y trabajar fuera de España, que les quedaba estrecha. En ciertos aspectos estrecha, sí, aunque fuera tan espaciosa como lo es hoy. Que los metabolismos de nuestro arte variado hasta el punto de que los primeros artistas de hora presente actúen dentro del solar común, no es poco consolador. Los tenemos aquí, cerca de nosotros, y nos están diciendo como son nuestras tierras. No es poco.

Creo que me propuse decir algo importante acerca de Benjamín Palencia y, en fin de cuentas, no he dicho nada. Es natural. No cabe en unas pocas palabras lo muchísimo que sugiere la pintura de este hombre, la que observo, lo vigilo y cuido mentalmente desde hace más de cuarenta años. Tanto da. Lo importante es que continué pintando y que su obra sea conocida – conocida de verdad - por todas las gentes sensibles.

Juan Antonio Gaya Nuño