Galería Ignacio de Lassaletta
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Benjamín Palencia
Críticas

 

 

 

 
 
SALA DEL CENTRO CULTURAL "LAS CLARAS"
Murcia, Febrero - Marzo / 2000
Fernando Huici
 
SENTIDO Y SENSIBILIDAD EN BENJAMÍN PALENCIA.
 
Juan Ramón venía convertirse, con ese encuentro, en la segunda sombra tutelar decisiva para la floración de aquel inquieto cachorro de pintor, tras la encarnada, en modo providencial, por el ingeniero Rafael López Egóñez, que descubrió el diamante en bruto del talento adolescente de Palencia en su Barrax natal, llevándole a vivir con él a Madrid y dotándole, con inusitado acierto para la época, de las armas precisas a su curiosidad creativa. Hombre de sólidos y muy diversos intereses culturales, y poseedor de una excelente biblioteca, López Egóñez puso al alcance del joven Palencia, en forma muy temprana, publicaciones que permitían un seguimiento puntual del debate artístico de la Europa del momento, apoyo estratégico fundamental para el precoz y certero alineamiento del pintor de las corrientes renovadoras. Y de hecho, ese providencial tutelaje evolucionaría adaptándose al ritmo y orientación de las inquietudes del pintor, alcanzando su excelencia con la financiación de las estancias del artista en París o Italia.
Mas si la protectora e infatigable complicidad de López Egóñez brindó a Palencia un respaldo incomparable en el proceso que le permitirá alcanzar un lugar vertebral en el debate renovador de la vanguardia española de anteguerra, será sin embargo el padrinazgo de Juan Ramón el que- además de compartir con el reflexiones que, sin duda, dejaron huella indeleble en la articulación de su identidad estética- avalará, desde el arranque de los veinte, el acceso del joven artista a los círculos clave del contexto intelectual madrileño.

El Palencia del “Homenaje a Larra” que, con 26 años despierta la curiosidad del poeta, se encontraba todavía asociado a las búsquedas germinales, casi en la arqueología de su sensibilidad, definidas por ecos de Regoyos o Zuloaga, y que culminan en esa fascinación por el paradigma del Greco, reflejada en la tela citada. El Palencia que Juan Ramón retrata en su semblanza, ha acertado, sin embargo, ya a centrar esas derivas hacia un punto de estricta coincidencia con el ritmo impuesto por el debate en torno al “arte nuevo”. Fechado apenas una año después de la semblanza “juanramoniana”, el cristalino silencio del “Bodegón de la tetera “ de 1924 nos sitúa, en la muestra, las coordenadas precisas de ese punto de confluencia, que no fue otro que el de los clasicismos asociados al “retorno del orden”, tan candentes aún en los círculos más inquietos de la plástica española del momento. Matizando aquí la influencia generalizada del clasicismo postcubista de Vázquez Díaz, con una percepción más rica y personal de los modelos europeos asociados a aquel distanciamiento vanguardista,, este óleo notable se ajusta a lo presentado por Palencia –

en un amplio conjunto que testifica su vertiginoso reconocimiento en los círculos del “arte nuevo” –en la legendaria Exposición de la Sociedad de los Artistas Ibéricos, celebrada, entre mayo y julio de 1925, en el Palacio de Exposiciones del Retiro madrileño.
Se conserva una elocuente carta del propio Palencia a su, ya entonces, estrecho amigo, Federico García Lorca, en la que, antes de dar noticia de las críticas lanzadas por García Maroto contra algunos de sus colegas en la muestra de los ibéricos, el pintor introduce esta reveladora declaración: “...hay que huir de la frialdad y rigidez de esos seres que parecen escribir por matemáticas y tienen toda la antipatía de los dibujos a tiralíneas; eso es odioso y contrario a nosotros, que somos sentimiento y razón” Confesión tan cercana a aquel “sensualidad y síntesis” intuido por Juan Ramón Jiménez, y en el que parece identificarse nuestro artista, acuña en esa fórmula una ecuación dialéctica que, explícita de nuevo ocasionalmente en otras formulaciones análogas que no alteran su sentido esencial, habrá de vertebrar íntimamente, pese a la experiencia caprichosa y zigzagueante de sus sucesivas mutaciones, la evolución creativa de Palencia.
En la segunda mitad de los veinte, la obra del pintor manchego habría de alcanzar al fin su primera plenitud e integración efectiva en el discurso renovador, desde el quiebro propiciado por el establecimiento de las nuevas complicidades. El año mismo de la exposición del Retiro, Palencia realiza, en compañía de López Egóñez, un primer viaje a París, del que nos da si mismo testimonio su correspondencia con Lorca. En una postal que le llega al poeta desde la capital francesa, el pintor declara el impacto que le causa, ante todo, la visión en directo de las obras de Picasso, Matisse, Derain y Braque. Pero más incluso que el encuentro con esos arquetipos esenciales –en los que, por otro lado, es fácil identificar las dos vertientes básicas a las que suele asimilarse la encrucijada germinal donde se moldean sus propias querencias- tanto ésta como las siguientes estancias parisienses de Palencia en los últimos veinte e inicio de los treinta tendrán su fruto mejor en el fértil vínculo que el pintor manchego establecerá con el célebre grupo de compatriotas de su generación que integraban, en torno a “ Cahiers d Art” y al apoyo teórico de Tèriade y Zervos, el núcleo básico de lo que se ha dado en llamar la Escuela Española de París. Hay una célebre e irónica foto coral, habitualmente fechada en aquel mismo otoño de 1925, en la que, encuadrados en un marco que lleva el rótulo de “vendido”, vemos, en alegre compadreo, a nuestro artista, en compañía de Ucelay, Manuel Angeles Ortiz, Bores y Cossío. Con los tres últimos, va a compartir desde entonces, y hasta el final de la década, un íntimo diálogo en torno al común desarrollo de la poética de síntesis neovanguardista defendida en esos años por “ Cahiers”, conocida como “figuración lírica” – o más recientemente, en paráfrasis de una expresión de Bores, como “pintura fruta”- y de la que Palencia habría de convertirse en su embajador más temprano e ilustre, en la escena madrileña.
Tenemos, dentro de la muestra, una pieza de excepción, asociada al arranque de ese diálogo, en el soberbio “bodegón” oval del 26, ejemplo de la reivindicación de la memoria del cubismo sintético que el núcleo español parisiense aborda, precisamente, en el ecuador de los veinte. Pero más elocuente, en todo caso, con relación a la sonora sensualidad extraída de la libre disociación entre dibujo y color, que conforma la pauta de la “figuración libre “, es desde luego, en esta selección, el delicado papel, de nuevo una naturaleza muerta, fechado en el mismo París y en un año, tan clave para todo aquel horizonte generacional, como 1927.
Si, como hemos apuntado, en la segunda mitad de los veinte la trayectoria de Palencia alcanza una madurez efectiva y una inserción plena en el desarrollo del debate vanguardista, que le confiere ya un protagonismo sensible entre los círculos renovadores españoles, el tránsito hacia la siguiente década va a introducir, sin embargo, un salto en verdad cualitativo en el sentido de su apuesto. El reto que Benjamín Palencia asume en el turbulento y esperanzado panorama español de los treinta, constituye uno de los capítulos más singulares e intensos de nuestra vanguardia de preguerra. Asociado a lo que se conoce comúnmente como la primera Escuela de Vallecas –y que hoy se sospecha una fabulación retrospectiva, tendente a magnificar el grado real de articulación de lo que no habría ido, entonces, mucho más allá de las reflexiones y complicidades compartidas entre el pintor y el escultor Alberto Sánchez, y el contagio puntual que sus propuestas despertaron en la obra de otros jóvenes coetáneos- dicho reto persigue el establecimiento de una síntesis entre el instrumento liberador de la vanguardia y los signos de identidad, inmemoriales, que constituirían la esencia de nuestra cultura. No es pues, en definitiva, sino una apelación renovada a la conciliación de toda una secuencia de pares dialécticos, entre la exacerbada temporalidad vanguardista y su anulación en unas sustancia inamovible, entre el impulso cosmopolita y la reivindicación de las propias raíces, en una deriva más de aquella reflexión ensimismada en torno a la cuestión de nuestra identidad, que constituye el eje vertebral de toda la cultura española moderna.

Palencia publica, en 1932, un pequeño volumen con 24 reproducciones de obras suyas del momento, precedidas por un texto teórico fundamental, en el que el propio artista resume las claves de su apuesta. El énfasis otorgado a la materia literal, como modo de apropiación de la naturaleza íntima del paisaje, más allá de su configuración exterior, se plantea también como un distanciamiento frente a ciertos tópicos de la vanguardia, pues, nos dice, “ el blanco de cal, y el rojo de arcilla, de España son más materia pictórica que el blanco y rojo de un semáforo de estación”. Ese inequívoco realineamiento en la estela de nuestra tradición naturalista se formula, por medio del color, el signo gráfico y la propia materia, en términos estrictamente pictóricos, como expresión poética inmediata de una percepción de carácter espiritual. Son constantes, en tal sentido, las referencias del texto al surrealismo, tendencia dominante en el contexto internacional de la década y cuya influencia, sin duda notable, en la escena española, ha tendido, con todo, a ser mitificada. Y, de hecho, el propio

Palencia matiza cada una de sus alusiones en ese sentido, advirtiendo de la necesidad de mantener un mecanismo de control como contrapeso de la inmersión inconsciente, pues a su entender, reformulando una pauta que habrá de resultar ya familiar al lector, “basta y sobra con la expresión viva del material y la técnica, tratados con sentido y sensibilidad”.
Las obras de la primera mitad de los treinta que recoge la exposición, incluyen tres lienzos fechados el mismo año de la publicación del texto de Palencia. Aunque distantes de las articulaciones más abstractas de su trabajo en ese periodo – dos son composiciones de figuras y la otra recreación de un paisaje- se ajustan a lo apuntalado por el artista acerca de esa emancipada reelaboración visionaria de lo natural. Más numerosos en la muestra, los papeles correspondientes a ese periodo incluyen, desde luego, ejemplos análogos, en línea con esa intuitiva exploración del signo donde se funden el interés de Palencia por el arte rupestre levantino y su conocimiento de la obra de Klee. Pero, aún así, esos papeles constituyen también un problema de orden distinto. Como se ha señalado repetidamente, y para el conjunto de su trayectoria, el dibujo conforma en la producción de Palencia un territorio en cierta manera autónomo, donde se anticipan a veces, en forma bien temprana, ciertas cuestiones –uno de los papeles expuestos, del 27, esboza de hecho la estilización elemental de la figura propia de los treinta- y, con frecuencia, se exploran numerosos territorios colaterales.
Hay, sin embargo, también en la muestra otros dos óleos, ambos del 35, que abren un capítulo singular, y altamente significativo, en el Palencia de anteguerra. Aunque ni por el color, la densidad material o las resonancias rurales, rompen por entero con la estela de su mitificación del universo agrario, la estructuración arquitectónica de ambas composiciones nos remite a la aproximación del artista a las propuestas del efímero “ Grupo de Arte Constructivo”, fundado en el 33 por Torres García, durante su corta etapa madrileña.
Hemos asistido, a lo largo de las dos últimas décadas, a un encomiable esfuerzo historiográfico de revisión e investigación analítica del panorama de nuestras vanguardias anteriores a la guerra civil. Ese empeño, fértil e imprescindible, ha permitido, desde luego, restaurar en gran parte la memoria de un periodo y una generación fascinantes, marco y protagonista, respectivamente, de aquella heroica aventura coral, trágicamente frustrada, que pretendió abolir el letargo, y la tenebrosa resistencia, que distanciaban nuestra cultura de su plena inserción en la contemporaneidad. De plena justicia, esa labor de recuperación ha desembocado, con todo –por contagio, talvez, del entusiasmo inherente al periodo que estudiaba- en una mitificación excesiva y excluyente de aquel horizonte renovador. Surge así la moda, potenciada por la revalorización compulsiva de los modelos vanguardistas que ha orientado el discurso crítico desde mitad de los sesenta, que centra la estimación de determinados artistas en su producción de preguerra, ninguneando su obra posterior. Esa inercia se ha dejado sentir con autores como Cossío o Bores, y desde la misma clave debemos entender que el centenario de Palencia en el 94 –un aniversario que parece pedir un balance global- se conmemorara con una exposición, por otra parte excelente y necesaria, circunscrita a la obra anterior al 36.
Hay artistas, siempre menores, cuyo interés responde únicamente a su aportación significativa a un episodio determinado. Pero en todo creador de envergadura, el valor de la obra no se agota en el papel jugado en un capítulo legendario. Es cierto que, como veremos, el Palencia de posguerra se distancia de la compulsión experimental de los treinta, pero lo mismo ocurre, en la escena internacional, con otros protagonistas de las vanguardias tempranas. También en ellos –Derain o le Chirico son ejemplos obvios- una óptica en exceso mediatizada por la lógica vanguardista despreciaba su producción tardía, y sólo hoy, con la crisis de esa pauta fundamentalista, empiezan a ser revisados con cierto criterio.
La guerra civil supuso para Palencia –como declaró en diversas entrevista tardías. Un impacto desgarrador. Al final de la contienda, muchos de sus amigos más próximos habían muerto, como Lorca, o estaban, como Alberto, ores o Alberti, en un definitivo exilio, a su alrededor, lo que quedaba como escena artística, era un entorno tan devastado como el yermo vallecano, enseñoreado por el academicismo más ramplón. Se ha dicho con frecuencia, y es cierto, que, frente a ese desolado y tenebroso páramo de la inmediata posguerra, la figura de Palencia jugará, junto a las de Cossío y Vázquez Díaz, un papel emblemático como puente entre la mutilada memoria de la vanguardia de preguerra y la germinación, entre las nuevas generaciones, de una nueva semilla de modernidad.
En el umbral mismo de los cuarenta, -y lejos aún, por tanto, de los debates sobre la abstracción que iban a florecer, en el panorama español, hacia el final de la década-, Benjamín Palencia vuelve una ves más, física y espiritualmente, al escenario de Vallecas, aglutinando en torno a él a un superviviente de los treinta, como Luis Castellanos, y a un núcleo de jóvenes pintores, casi todos alumnos de Vázquez Díaz, entre los que se cuentan San José, Álvaro Delgado, Gregorio del Olmo y Pascual de Lara. El espejo moral del paisaje mesetario les servirá una vez más de base para proyectar una visión que, si bien no es ya la de aquella “naturaleza poética ajena a todo lo que no sea pintura” definida por el Palencia del 32, sí supondrá cuando menos, en sus modulaciones expresionistas y en su melancólica sinceridad, un referente de ejemplar honestidad en el despertar de nuestra pintura de posguerra.

Conviene recordar, con todo, que ese reencuentro con las pautas de figuración que el naturalismo de Palencia elige en los años cuarenta, enlaza con una querencia que, a modo de contrapunto, pervive a lo largo de toda la trayectoria de anteguerra, ya sea con los ya citados bodegones objetivos de la muestra de “los ibéricos”, con los paisajes de Altea, tan próximos al Dalí presurrealista, que conviven, como el retrato de Alberti, con el lirismo de “ Cahiers d´Art”, o con el clasicismo trascendente de los dibujos justo anteriores a la contienda. Pues, no en vano, las acuarelas de niños vallecanos de los cuarenta, de las que la muestra ofrece dos buenos ejemplos, reiteran, apenas con una dicción más suelta, un tema acuñado, en términos muy próximos, en un espléndido ciclo dibujado a plumilla en el año 36

Hay, con todo, una distancia sensible que separa ambas series de niños de Vallecas, oponiendo a la idealizada serenidad de los treinta el pulso emotivo de las acuarelas de posguerra. Corredor-Matheos ha señalado con acierto la pudorosa desolación que, ante todo en el papel, se adivina en el Palencia del arranque de los cuarenta. Algo de esa melancólica sequedad, más explicita en sus compasivos interiores campesinos, se prolongará casi hasta mediados de la década, en la temprana génesis de esa poética del paisaje que va a centrar lo esencial de toda su evolución posterior.

A partir del 46, el hacer de Palencia se ve poseído por un fulgurante estallido pasional, catalizador que hará precipitar las pautas que centran, ya sin variables sustanciales, la sintaxis y el sentido de su obra, hasta el final. Un lienzo de esos años, “La luz encendida” del 48, nos brinda, en el contexto de la muestra, un símbolo elocuente de esa decisiva epifanía en la búsqueda del pintor. En la dramática densidad material que se obtiene, de nuevo, en la fusión del óleo y la arena, la exaltación radiante del color se convierte en eje vertebral de una visión que disuelve el motivo en in desgarrado contraste de fuerzas. Dos significativos homenajes, uno en ese mismo año 48 y otro en el umbral de los cincuenta, aportan, a mi juicio, datos esclarecedores en relación a la que realmente es, en ese punto definitivo, la elección de Palencia. El primero de esos datos se refiere a la participación del artista en el volumen colectivo “ Homenaje a Paul Klee” de la colección Artistas Nuevos, editada por la Galería Clan –ese cenáculo clave para el renacer vanguardista en la posguerra madrileña, dirigido por el inquieto Tomas Seral, donde Palencia expondrá, reiteradamente, en los años siguientes-libro-

manifiesto que nuestro artista firma junto a nombres tan inequívocos como los de Llorenç Artigas , Ángel Ferrant, Mathias Goeritz o el joven Pablo Palazuelo. Su presencia en ese gesto coral, en compañía de figuras centrales en el reavivamiento del debate vanguardista que emerge en ese tramo final de los cuarenta, nos muestra hasta qué punto no denegaba de un referente legendario que, como vemos, había determinado su apuesta radical de los años treinta.
Más próxima, entonces, a su propio presente, parece, sin embargo, esa segunda declaración acuñada por el “ Homenaje a Van Gogh” pintado en 1950, e incluido en nuestra exposición. Sin negar a Klee –ni reasumir tampoco esa vía de experimentación más extrema que vuelven a reivindicar entonces, junto a los cofirmantes del libro, mucho de los artistas de Clan-Palencia se confiesa espiritualmente más identificado con el modelo del maestro de Arlés. En su monografía esencial sobre nuestro artista, Corredor-Matheos define el alcance íntimo de esa resonancia “vangoguiana” que, desde luego, no es tanto una analogía en el lenguaje como una afinidad espiritual en la dimensión ascendente que ambos otorgan a su percepción y concepción de la naturaleza. Al modo de “profunda empatía” con la Naturaleza, heredada de la tradición nórdica, “casi como si esta fuera una extensión directa de las emociones humanas” que Rosenblum define para Van Gogh, el expresionismo reverencial del Palencia de posguerra, aunque en un registro sensiblemente menos atormentado, se traducirá asimismo en una indiferenciada fusión anímica, de raíz romántica, entre el sujeto y el espectáculo de lo natural. El pintor manchego se pregunta así –en una cita que recoge, en el 55, Rodríguez Aguilera en su “ Antología española del arte contemporáneo” – “La naturaleza nos habla sin cesar. La obra de arte es, sin duda, un diálogo con ella, mejor, un monólogo ante ella. (...) ¿No será el hombre, también, la voz con que la naturaleza se habla a sí misma?” Y en otra declaración, sobre la que llama la atención Corredor, resultará de hecho más explícito al calificar una tela de “encarnación de mi concepto del paisaje como figura”, definiéndola, elocuentemente, como “un desnudo de tierra”.

Junto a alguna derivación excéntrica de esa espiritualidad emotiva del Palencia tardío, como en la candorosa incandescencia cromática de su espectacular “ Virgen del Guadalupe” del 64, la exposición reúne bastantes ejemplos precisos, y en muchos casos notables –“Campos” del 56, “Monóvar” del 61, los paisajes del 67 y el 70, el encendido “Almendro” del 75- de esas exaltadas y sensibles anatomías del alma del paisaje que habrán de vertebrar lo esencial de su obra a lo largo de tres décadas. Hacia el final del viaje, incluso, algún ejemplo parece complacerse en remontar el río de la memoria, como en la nocturna ensoñación de “La feria es un prodigio”, en el 68, que recrea un motivo tan querido en el alba vanguardista de su generación, o aquellas “Perdices” del 76, con las que el pintor despierta un emblema clave de su propia, exaltada, juventud. Y es como si, en una mística reconciliación, hubiera querido así cerrar el círculo de su aventura vital y creadora, reconociéndose aún en la libertad incólume de aquel infante de la semblanza de Juan Ramón, desnudando al fin la secreta alegría del paisaje, sin otras armas- ¡mas cuán certeras¡- que aquellas forjadas en la alianza entre sensualidad y síntesis
Fernando Huici