Galería Ignacio de Lassaletta
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Benjamín Palencia
Críticas

 

 
 
 
 
EXPOSICIÓN MUSEO REINA SOFÍA
Madrid 1995
José Corredor-Matheos

Benjamín Palencia : Esbozo biográfico

Si es difícil hablar de la obra de arte puede resultarlo más aún hacerlo de su autor. Su identidad se manifiesta, en gran parte, a través de ella, aunque muchas veces lo hace en negativo. Las relaciones entre ambos, tema extraordinariamente atractivo, demuestran la interdependencia y, a un tiempo, el carácter exento de la creación artística, cuando es realmente cumplida. Y si enfocamos la atención exclusivamente en el creador nos encontramos con las dificultades que entraña toda personalidad, potenciada por la compleja trama que le añade su condición de artista, signo revelador y a la vez pantalla que busca perdernos y en la cual el mismo artista se oculta y reconoce.

Benjamín Palencia en Barrax. 1971

Grupo Escolar Benjamín Palencia. Barrax

La vida de Benjamín Palencia ha discurrido discretamente velada por su pintura. Tenemos documentado, datos y circunstancias concretas, aunque en diversos puntos siga existiendo cierta confusión. Para empezar, su fecha de nacimiento, sobre la que más de una fuente llega a dar como de 1902. La aceptación de tal año llevó a algunos estudiosos a conceder una fecha sumamente precoz a su aparición como pintor. Eso ha tenido también consecuencias en cuanto a su situación en el contexto histórico.

Su papel en la primera Escuela de Vallecas ha quedado algo minimizado en algunos momentos, debido a la significación política del escultor Alberto y al halago que recibía Palencia por parte de personalidades del régimen franquista; pero también por la suposición de que Palencia era mucho menor en edad que Alberto, lo que llevaba a suponer que la iniciativa y la inspiración de la llamada escuela de Vallecas se debía esencialmente al escultor toledano. Palencia, aunque se moviese por intuición, tenía ante Alberto la ventaja que poseía información de primera mano acerca de las corrientes internacionales y contaba como guías con verdaderos conocedores.

Benjamín Palencia Pérez- según publiqué en mi monografía, en vida del artista- nació el 7 de julio de 1894, en Barrax, provincia de Albacete. Sus padres, Ramón y Francisca eran de condición humilde y tenían una tienda de calzado. Fueron ocho los hijos: cinco varones y tres hembras, y Benjamín era el penúltimo en edad. En la sencilla escuela donde recibió las primeras letras hizo ya “monigotes “, como más tarde los llamaría. En 1909 va a vivir a Madrid, junto a Rafael López Egóñez, ingeniero de caminos, hombre de fortuna, y por lo que sabemos de él, de excelente formación cultural. Él será, para el joven Benjamín, y para todos, su tío Rafael.

En Madrid estudia en un colegio durante dos años, asiste a clases de Elías Tormoy, lo que le atrae más, es asiduo del Museo del Prado, donde realiza copias de Velázquez- su primer modelo artístico- y de El Greco, hacia el que se inclinarían luego sus preferencias. Otro artista por el que sentía entusiasmo era Zurbarán.

No podemos precisar cuándo empezó a pintar sus primeros óleos –a dibujar empezó muy pronto-, pero conocemos algunas obras de 1915 y 1916: retratos de familiares y amigos de Barrax, paisajes y algún bodegón. Se observa en ellas cierto aire inocente, junto a gran atrevimiento, por su carácter autodidacta. En 1920 envía dos cuadros al I Salón de Otoño, de Madrid- El Ecce –Homo y Signorelli-, que reciben una mención honorífica y despertaron el interés de un visitante ilustre: Juan Ramón Jiménez. El gran poeta quiso conocer al joven pintor e hizo gestiones para encontrarlo. Su trato se haría frecuente, y Juan Ramón le invitaría a colaborar con él –dibujaría, por ejemplo, el ramito de perejil para la viñeta de sus libros- y Juan Ramón por su parte, escribiría un texto sobre una serie de dibujos de Niños- tal era su título- de Benjamín, que en 1923 publicaría Índice en forma de opúsculo.

Palencia entra en contacto con muchos de los poetas y artistas de aquel vitalísimo momento de Madrid. En la Residencia de Estudiantes, adonde acude con frecuencia, conoce a García Lorca, Alberti, Dalí y Buñuel. Con Dalí y Francisco Bores asiste a las clases de la Academia Libre, fundada por Julio Moisés. Asiste a diversas tertulias, como la del Café Nacional.

Su participación en la “Exposición de los Artistas Ibéricos” de 1925 supone un paso importante en su reconocimiento por parte de la crítica y los círculos renovadores. Juan de la Encina comentó:” Entre los artistas jóvenes que exponen en el Salón de los Ibéricos es acaso el más formado y maduro”, y Francisco Alcántara. “ Benjamín Palencia es, tal vez, el espíritu más delicado y la sensibilidad más despierta entre los artistas concurrentes “. Fueron muy favorables también las palabras que le dedicó Manuel Abril en el Heraldo de Madrid.

En París asiste a clases de dibujo en la Grande Chaumière. Comparte estudio durante algún tiempo con Pancho Cossío, y trata con frecuencia a Bores, José María Ucelay, Manuel Ángeles Ortiz, Joaquín Peinado e Ismael de la Serna. En las tertulias de Tériade y Zervos, en Montparnasse, conoce a Gargallo y Manolo Hugué. Puede tener interés confrontar la impresión mutua que sentían Palencia y Miró. El primero me expuso en una ocasión: “ Miró es un pintor que siempre me ha gustado, porque me ha dado ritmo, me ha descubiertos ritmos y formas, que concordaban bastante conmigo, pero que yo los he visto en Miró, palabras que vienen confirmadas por la influencia del pintor catalán manifestada en obras de 1930-1932. Por su parte, Miró me confesaría a comienzos de la década de los setenta, en conversación informal, su aprecio por la obra de aquella época de Palencia.

La estancia de Palencia en la capital francesa iniciada en 1926 se mantendrá, con interrupciones, hasta 1928. En dichos años debieron comenzar las excursiones a Vallecas, que darían lugar a que se hablase de la Escuela de Vallecas. En estas andanzas, que se extendían a otros puntos próximos a Madrid, participaron también Alberto Sánchez, que con Benjamín constituía el eje de esta aventura, Maruja Mallo, Rafael Alberti, Caneja y algún otro compañero ocasional, como José Bergamín y Luis Felipe Vivanco. Lo que movía a todos ellos era la consecución de una síntesis de modernidad y tradición. Ésta era la aspiración también de Lorca, Falla y tantos otros. En el cerro conocido como Almodóvar – que rebautizaron con el nombre de Testigo, porque esperaban que de él arrancaría una nueva visión del arte español-, Palencia y Alberto levantaron un Monumento a los Plásticos Vivos y escribieron los nombres de grandes personajes por los que sentían especial admiración: Velázquez, Cervantes, Zurbarán, El Greco, Picasso, Eisentein...

No parece posible trazar la biografía de un creador sin ir entrelazándola con su obra, y la de Palencia se va desarrollando con ella y en ella. Los mismos temas nos indican los lugares donde vive y trabaja: Madrid, y sus alrededores, el París postcubista y más tarde surrealista, y también el interior de Castilla o la costa de Alicante (lugares próximos a Altea). A la suavidad de los paisajes levantinos con edificios de casas sencillas con la impronta lejana del cubismo, se opone ventajosamente el carácter agreste, tiernamente áspero, de la Castilla evocada en La perdiz (1927), cuadro en el que se haya en germen el paisaje que desarrollará después en la Guerra Civil.

Sus contactos con poetas y otros artistas hacen temer a López Egóñez y a Juan Ramón Jiménez que puedan distraerle de su trabajo. Pero Benjamín no deja de trabajar, y una parte de su trabajo, pequeña pero significativa, consiste en colaborar con sus nuevos amigos. Interviene en el formato y las letras que dan título a la revista Cruz y Raya, de José Bergamín, y el impulso que le lleva en ocasiones a escribir (hemos de creer que con la asistencia y revisión de López Egóñez) dará interesantes frutos, como el ensayo “Giotto, raíz viva de la pintura”, que publicará en Cruz y Raya en 1934.

Las pinturas del periodo de París las presenta en 1928 (18 al 30 de octubre) en el Palacio de Bibliotecas y Museos de Madrid, y levanta con ellas indignadas protestas. Un grupo se acerca un día al artista, que estaba en compañía de Rafael Alberti y otros amigos, y rompe ostentosamente el catálogo. Juan de la Encina, sin embargo, publica un elogiadísimo artículo y, tal como estaba previsto, Rafael Alberti y José Bergamín participan en sendos actos públicos celebrados en el marco de la exposición: Alberti, con una lectura de sus versos, Bergamín, con la de un texto titulado “ Cruz y Raya en la pintura de Benjamín Palencia” (24 y 30 de octubre, respectivamente).

Su segunda exposición individual se celebra también en el Palacio de Bibliotecas y Museos, en 1930 ( 21 al 30 de noviembre). Aunque encuentra todavía resistencia, la reacción no es tan virulenta como la vez anterior. A fines de ese mismo año visita varias ciudades italianas, en un viaje clave para la comprensión de su obra posterior, sobre todo de dibujos realizados de 1935-1936. De Italia le entusiasman, sobre todo, Florencia, Padua, Asis, Asís, Arezzo, Urbino, y artistas como Miguel Ángel, Tintoretto, Piero della Francesca, Paolo Cuello, Tiziano, Carpaccio, Masaccio, Rafael.

Hay aún una tercera exposición individual en el mismo Palacio de Bibliotecas y Museos, celebrada en 1932, en la que, según relatará el artista a Ramón Faraldo, exhibe 50 lienzos y dibujos, y con este motivo Bergamín pronuncia una conferencia. El mismo año, Benjamín Palencia publica un librito con reproducciones de 24 obras y un texto propio. Aunque podamos considerar que pasó por una revisión de López Egóñez, Bergamín o cualquier otra persona de mayor formación intelectual, los conceptos y la redacción son, básicamente, del artista. El tono a menudo arrebatado, cierta ingenuidad y el carácter recurrente de temas expuestos aquí, y que conocemos de otros textos y declaraciones suyas, nos lo confirman. Este librito fue comentado elogiosamente por Juan de la Encina. Acerca de sus obras comenta:” Palencia ha mirado y visto cosas que no miran ni ven buena parte de los pintores. Su arte es arte raro, arte sutil, arte difícil, arte descontentadizo, de los que buscan cosas que no están en el mapa; quiero decir al alcance de cualquier ojo vulgar”.

En los años en que Benjamín Palencia ha sido poco estudiado, parecía ignorarse, entre otras cosas, su participación en La Barraca. Sabemos que carecía de una verdadera conciencia política y que la de carácter social era más bien confusa. Diversos hechos, sin embargo, parecen confirmar que durante los últimos años veinte y primeros treinta compartió algunas de las inquietudes de los intelectuales y artistas empeñados en la renovación de España, y uno de ellos es su colaboración con La Barraca, de la que fue director artístico. Para ella diseñó el emblema y realizó figurines y decorados. Los de La vida es sueño de Calderón reflejan el espíritu vanguardistas que los inspiraba y en algunos aspectos la influencia del Picasso de Parade (según nos comentó el artista con motivo de la presentación de esta obra en Granada dentro de los actos del IV Centenario de su Universidad, estuvo hospedado con García Lorca en casa de los padres de éste).

En 1933 (20 de noviembre –4 de diciembre) expone individualmente en la galería Pierre, de París, que acoge a algunos de los vanguardistas más destacados del momento. Miró entre ellos. Picasso elogia sus obras, Braque desea comprarle una de ellas- él se la regalaría- y tiene ocasión de conocer a Breton, Aragon y Benjamin Péret. pero los efectos de la crisis económica obligan a Pierre Loeb a cerrar su galería, y son una de las causas de su reintegración exclusiva en la vida artística madrileña.

De los viajes a Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos de aquellos años, asó como de las exposiciones en la galería Flechteim de Berlín y la Harriman de Nueva York, no encontré en su día documentación en los papeles que conservaba el artista- muy numerosos -, y no podíamos confiar demasiado en la memoria para la reconstrucción de sus pasos.

Por el dato, retenido por el artista, de que su exposición en Berlín coincidió con la ascensión al poder de los nazis, hemos de suponer que aquella se celebró en 1933. de su actividad e inclinación ahora da idea también su participación en el movimiento despertado por torres García durante su estancia en Madrid, de regreso a París.

En la capital española, el artista uruguayo-catalán funda el Grupo de Arte Constructivo, del que forman parte, entre otros, con Palencia, Alberto Sánchez y Maruja Mallo, y que se presenta colectivamente en el Salón de Otoño de 1933. A este momento corresponde el máximo interés de Palencia por la potenciación de los aspectos constructivos de su arte y su manifiesta preocupación incluso por la sección áurea.

Es doloroso pensar en lo que se estaba llevando a cabo en España en los años treinta y quedaría truncado por la Guerra Civil. Palencia se hallaba entonces en una fecunda etapa en la que parecen cumplirse sus aspiraciones.

Esa suerte de “monumentos al campo” de sus Formas prehistóricas (1933-1934) son, efectivamente, síntesis de un espíritu castellano de antiguas raíces y una modernidad que enlaza con el surrealismo y la abstracción, pero desde el punto de vista de la más exigente creatividad, el momento culminante acaso sea el de los extraordinarios dibujos de campesinos y cristalizadas arquitecturas, de una personalísima metafísica con regusto renacentista y toques surreales, que lleva a cabo en 1935-1936.

La guerra trastornó a Palencia. le llenó de confusión personalmente y su resultado haría variar el curso de su obra. Según pude apreciar en nuestras conversaciones, Palencia no supo- no podía- comprender lo que estaba pasando. Por ello, y por temor, se recluyó en su casa , donde siguió trabajando, con mucha menor intensidad. Pasa la mayor parte del tiempo en la calle Sagasta, ya que en Martín de los Heros, donde tenía el estudio, era zona próxima al frente; este piso, precintado, queda bajo la protección del Ministerio de Instrucción Pública. Incluso un bombardeo ocurrido cuando se hallaba ya fuera, provoca al parecer un incendio y algunos de sus dibujos quedan destruidos.

Rafael López Egóñez tuvo que refugiarse en una embajada y consiguió trasladarse a París, y Palencia, según nos confesó, anduvo vestido casi toda la guerra con el mono de La Barraca, confiando que le protegiera, por más que contara con buenos amigos en el bando republicano, de los cuales, sin embargo, cuando se radicalizaron las cosas, había terminado por distanciarse.

Según ha manifestado en diversas ocasiones, la guerra le produjo una gran decepción. sus amigos y compañeros de años anteriores han desaparecido en su mayoría: muertos, exiliados, represaliados. Algunos, por el contrario, resultan encumbrados. sin duda, éste fue uno de los motivos de que se refugiara en el paisaje. el paisaje y sus figuras: hombres y muchachos que habían aparecido ya en sus dibujos de 1935-1936, pero que ahora han perdido todo carácter ideal y se les ve, en su realismo, caídos, derrotados.

Otra diferencia importante que encontramos entre las obras anteriores y las que realiza a partir de los años cuarenta es el abandono de la experimentación, salvo dibujos aislados para alguna otra revista literaria, sobre todo de poesía.

Sale al campo, sobre todo por los alrededores de Madrid. Lo que conocemos por segunda Escuela de Vallecas ha sido objeto de controversia. Al margen de cuáles fueran las relaciones con los restantes miembros, Benjamin Palencia ejerció, durante breve tiempo, un verdadero magisterio, en la manera de ver el paisaje, como se aprecia confrontando obras de uno y otros de aquellos años e inmediatamente siguientes.

Formaron parte de aquel informal grupo: Álvaro Delgado, Gregorio del Olmo, Enrique Núñez Castelo, Francisco San José y Carlos Pascual de Lara. Con ellos recorrió Palencia diversos parajes cercanos a Vallecas, en un intento de recuperar o reconstruir la aventura llevada a cabo con Alberto y demás artistas y poetas en años de la anterior dictadura.

Las disensiones empezaron pronto. Álvaro Delgado, que fue el primero que chocó con el maestro, no ha pretendido “negar en ningún momento la influencia que ejerció sobre aquellos muchachos. Otra cosa es que Palencia, hombre de fuerte personalidad, si bien débil al mismo tiempo, no fuese capaz de vertebrar lo que solemos entender por escuela. La ruptura se produjo a mediados de 1942, y Palencia se quedó finalmente solo con San José.

Durante muchos años, el arte de Palencia no ha sido comprendido por el giro que dio su obra y por el hecho de que fuera aplaudido por ciertos personajes del Régimen, aunque se tratara precisamente de los que podemos considerar el “ala liberal”, agrupados en torno al Instituto de Cultura Hispánica. Se ha sido injusto en este sentido.

Su pintura, es cierto, abandona la orientación arriesgada y muy creativa de los años treinta, pero ¿Quién fue capaz de mantener una actitud vanguardista en la inmediata posguerra, cuando, aparte del rechazo del público, se levantaban inmediatamente las alarmas del Régimen por las connotaciones de rojerío que tenía para ellos el arte más avanzado? Esto aparte, el papel de Palencia fue realmente positivo, puesto que llevó a cabo una auténtica renovación del paisaje en el núcleo madrileño, y, por irradiación, en el conjunto de España. Esto fue posible gracias a la conjunción de diversos factores, sobre todo de Eugenio D´Ors y su academia Breve.

En estos años, Benjamín Palencia tiene que revalidar el prestigio alcanzado antes de la guerra en ciertos círculos. En 1941 obtiene una tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas artes. No nos sorprenda esta participación: la sensación de derrota, para unos política y total, artística para otros, parecía definitiva. Dos años más tarde se trata ya de una primera medalla.

En estos años, Benjamín Palencia tiene que revalidar el prestigio alcanzado antes de la guerra en ciertos círculos. En 1941 obtiene una tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas artes. No nos sorprenda esta participación: la sensación de derrota, para unos política y total, artística para otros, parecía definitiva. Dos años más tarde se trata ya de una primera medalla.

Como dato curioso recordemos que en 1945, Palencia, en carta al periódico El Alcázar, renuncia a la medalla de honor, para facilitar su concesión a José Gutiérrez Solana que había muerto pocos días antes de la votación. Expresaba en cierta carta: “Que si mi modesta participación en la presente pudiese restringir o influir lo más mínimo en el ejercicio de la facultad para serle concedido el aludido premio, retiro, desde luego, aquello que pudiese perjudicarle lo más mínimo en este sentido.

Sus exposiciones individuales se irán sucediendo. En 1943 es la sala Macarrón. Espacial interés tiene la exposición en la galería Estilo, inaugurada el 27 de enero de 1944. Es curioso que, tanto en la exposición anterior como en ésta, presente junto a obras realistas recientes, numerosas de etapas anteriores a la guerra, cubistas algunas de ellas y otras surrealistizantes.

El catálogo lleva un breve texto del artista. “Nada más difícil para el pintor- empieza que la autoapreciación del valor de su propia obra. Por eso es preciso trasladarla del taller o lugar en que fue engendrada para someterla a la consideración de sus amigos y enemigos que sean sinceros amantes y conocedores del arte de pintar”.

“Estas palabras- prosigue- no van dirigidas a nada ni a nadie, tiene únicamente por objeto, justificar esta exhibición parcial de la obra del autor, durante el período 1918-1944”, par concluir con palabras superadoras de dicotomías y confusiones que todavía perduran: “Estos colores y estas líneas como materias vivas, ni son realistas, ni dejan de serlo; son mundos que viven dentro de su espacio, que es exclusivamente el de la pintura.

La aceptación vendrá unida a su abandono de toda experiencia vanguardista. en la exposición en la galería Estilo, en 1946, y en la de acuarelas en la sala Bucholz, en 1947, crítica y público tienen ocasión de conocer la manera que, con variaciones, le caracterizará mejor desde entonces. Los éxitos se sucederán con regularidad. Hagamos notar, en reconocimento a la visión de Eugenio D´Ors, que en 1944 le selecciona para su salón de los Once, y que vuelve a hacerlo en 1946.

En 1946 se define la manera pictórica que le singularizará a partir de este momento. Obras suyas forman parte de una selección de Arte Moderno Español presentada en 1947 en Buenos Aires, Río de Janeiro y Sao Paulo.

Con motivo de su exposición en la galería Palma de Madrid, en 1948, aparece una monografía con texto de Abel Bonnard. En 1949 presenta una exposición en las Galerías Layetanas, de Barcelona, en la cual figuran algunas obras avanzadas de los años treinta- ninguna de ellas realmente abstracta- y que despiertan mucho interés entre los artistas jóvenes. Con esta ocasión, dichas Galerías editan la monografía con texto de Ramón Faraldo.

Conviene que nos detengamos ahora en aspectos más personales, como el de los diferentes lugares donde vive y trabaja. Hacia 1941 había empezado a pasar la temporada veraniega en Villafranca de la Sierra, provincia de Ávila, el pueblo de Serafín, su criado. En 1954 fallece Rafael López Egóñez, que le deja heredero, y Palencia cobra, de pronto, una libertad de la que no había gozado hasta entonces.

Acostumbrado como estaba, sin embargo, a dejar que alguien a quien concediera autoridad ciñera sus actos, esta figura será ocupada en parte- según nos confesará en artista- por Serafín. Se ha construido una casa en Villafranca, diseñada por el arquitecto y poeta Luis Felipe Vivanco (una placa con una paleta sobre la puerta de entrada indica que fue terminada en 1953), y desde su jardín reflejará la era que hay enfrente en numerosos cuadros y dibujos.

Son años de plenitud. En 1951 le es concedido el Gran Premio de Pintura en la Bienal Hispanoamericana de Arte, signo de máximo reconocimiento del nuevo arte español. El mismo año expone individualmente en la galería Velázquez de Buenos Aires y en el Museo Nacional de Arte Moderno de Madrid. Con motivo de esta última exposición, Luis Felipe Vivanco pronuncia una conferencia titulada “Carta al pintor Palencia sobre la realidad del mundo”.

Cuando se celebra la II Bienal Hispanoamericana, en La Habana, tendrá, como invitado de honor, sala especial, y viajará a Cuba para formar parte del jurado. También contará con la sala especial en la III Bienal que se celebrará en 1955 en Barcelona. Dato de interés es que fuese seleccionado para la XXVIII Bienal de Venecia, de 1956. Recordemos que la bienal de Venecia siguiente cambiaría profundamente de signo y sería la que marcaría el triunfo internacional de Tàpies y Chillida, y de una nueva estética. En el viaje a Venecia que hará en esta ocasión estará acompañado por Carmen Castro, esposa del filósofo Xavier Zubiri y que tres años más tarde publicará un libro titulado Italia con B. Palencia, que el artista ilustró.

Benjamín Palencia, aunque viva totalmente entregado a la pintura, gusta también, como hemos visto, de escribir. He citado ya algunas de sus publicaciones, a las que se podrían añadir algunos artículos en diarios y revistas. entre los papeles que me entregó para preparar el libro sobre su vida y su obra hay algunos manuscritos, al parecer inéditos.

Selecciono a continuación párrafos de un borrador, con escasas correcciones: “Yo todo lo que viene de la imaginación lo considero como real pasando de lo particular a lo universal y de lo universal a lo particular acomodándome a todas las variedades de la existencia y de cambios contando de que ellos sean nuevos, de que ellos sean fecundos. Yo parto de lo más simple de la naturaleza, mis formas son concretas y aún abstractas, ver es comprender, es formar, imaginar y crear”. en la última página del catálogo de la exposición en la galería Estilo de 1946 escribió un texto que acaba así: “Sobre la materia y el oficio procuro ser indescifrable porque es lo único permitido en las preocupaciones del creador”.

En otra ocasión el soporte es un papel con el membrete de un buque, acaso en el que hizo una de sus travesía a América: White Starline. On Board S.S. “Majestic”. Lo escrito a mano por Palencia, de carácter marcadamente lírico, empieza: “ Qué bien me encuentro envuelto en esta luz de cristal fresco de este paisaje de España (añadido por la misma mano, pero con otra tinta. “España” se corrige por “la Mancha”) a mis pies, qué bien pisar este suelo áspero de sequedad mística”.

Son interesantes y representativas las palabras que forman parte de la conferencia “Sobre mi pintura” que pronunció el 27 de agosto de 1955 en la Universidad Menéndez y Pelayo de Santander: “Yo he hecho paisaje porque en la tierra he encontrado un ser vivo, personal, incandescente, porque no tengo que disimular que mi amor está nutrido nutrimento de árboles, ríos y montañas; porque la tierra me ha ofrecido hallazgos ardorosos, en luz nunca aparecida”.

Su necesidad de libertad sólo podía satisfacerla en la soledad de Villafranca de la Sierra, donde se refugiaba los veranos, y en el más relativo aislamiento de Altea, donde pasaba el otoño y parte del invierno y la primavera, con cortas estancias en Madrid. En 1977 deja el piso de Altea y traslada la residencia levantina a Polop de la Marina, donde se ha hecho construir una casa. Los viajes de una residencia a otra los hacen en automóvil- sucesivos Mercedes-, que conduce su chófer y hombre de confianza, Manolo. Desde 1969, en que murió Serafín, cuida de él en Madrid su hermana Salomé, que le acompaña también en ocasiones a Villafranca. Su relación con los demás se limitaba cada vez más a la preparación de exposiciones y otros acontecimientos relacionados muy directamente con la difusión de su arte. Fue objeto de grandes honores, como la Gran Cruz del mérito Civil (1958) y la elección de académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1973).

Otros, otorgados por su pueblo natal, Barrax, debían producirle especial emoción:” hijo preclaro y predilecto” (1956), homenaje e imposición de su nombre a un grupo escolar (1958) y, en 1973, colocación de una placa en la casa donde nació. La provincia de Albacete quiere honrarle también: medalla de oro (1961) y la capital, la ciudad de Albacete, le nombra también hijo predilecto (1963) y da su nombre a una plaza (1977).

 

Benjamín Palencia en las calles de Barrax con un grupo de niños.

Rafael López Egóñez

Benjamín Palencia a comienzos de la década de los años veinte.

Ucelay, Palencia, Ortiz, Bores y Cossío en París

Benjamín Palencia, 1925

Benjamín Palencia delante de su cuadro Paisaje (1930) en la inauguración de la exposición en el Palacio de Bibliotecas y Museos, Madrid 1930

Benjamín Palencia en Altea. 1927

Cartel realizado por Benjamín Palencia para la exposición de "Arte Inca". Madrid 1935

Un grupo de la Barraca.

Rafael López Ergóñez

Villafranca de la Sierra 1971

Vista desde la casa de Benjamín Palencia en Villafranca de la Sierra, 1971

Casa de Benjamín Palencia en Villafranca de la Sierra 1971

Benjamín Palencia pintando los paisajes de Villafranca de la Sierra

Villafranca de la Sierra, 1971

Con Eduardo Chillida en San Sebastián, 1958

Benjamín Palencia, Altea 1968

Benjamín Palencia y la duquesa de Alba en la Real Maestranza de Caballeria de Sevilla, 1963

Con José Camón Aznar en Santillana del Mar

Entrega de la Medalla de oro, Ávila 1970

Con José Corredor-Matheos en Santander, 1970.

Ignacio de Lassaletta, Pio Cabanillas (Ministro de Cultura) y Evelio Verdera (Director Genaral de Bellas Artes) en la inauguración de la exposición de fondos para de la Donación Benjamín Palencia en el Museo Español de Arte Contemporaneo de Madrid, 1979.

Con S.M.la Reina Sofia en la inauguración del Museo de Albacete, 1978