Galería Ignacio de Lassaletta
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Benjamín Palencia
Críticas

 

 

 

 
 
Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia
Ramón Faraldo - Madrid, 1972
 
EL PINTOR, ES DECIR, BENJAMÍN PALENCIA, EN PRIMERA PERSONA
 
Cuando comienza a pintar, Palencia se halla ante un desconocido, su propio corazón, y ante un enigma, la tierra, cuya visualización, aroma y tactilidad le invitaron a creer suya. Se proclama, por supuesto, libre, mas reconociendo que, frente a caprichos, veleidades, sorpresa de formas y luces inherente al enigma-tierra, su libre albedrío es más bien indigente.
El uno obedece fatalidades de sangre y de tierra. lo otro, el enigma, a cuanto le hace enigma, inmemorial, grávido y divino. En la confrontación, el pintor impone su ley, a la vez que le es impuesta la del contrario. Huelga aclarar que lucha solo. No se hace uno pintor para airear pinturas de otros. No llega a la soledad quien puede ni quien quiere, sino aquel en quien la soledad reconoce un semejante.
Abriendo unas puertas, cerrándose otras, encuentra un quicio final, el que da al vacío. A ser o no ser. A siempre o a nunca. Ahora puede decir que está perdido; esto es, que está salvado. Desde estos umbrales pisa arena de iluminados. Un presentimiento divino, exhalado de la Naturaleza, le ciega y le guía. Paul Claudel, refiriéndose a Rimbaud, formula tesis de un “misticismo en estado salvaje”. ¿ No hay una mínima opción para Palencia en el arbitraje de Claudel? Oigámosle:
“¡Qué gran maravilla, hacer plástica con lo que no se ofrece a los ojos, y sí al espíritu! lo principal es la luz del corazón, que sitúa cada cosa en su sitio, geométricamente limpia. Si queremos que la pintura se salve, ha de llevar fuego en sus entrañas; sólo así podrá transfigurarse, dándonos su vida iluminada, e iluminando la nuestra.”
Este texto del pintor, casi versicular, ¿no enuncia aquella unión de alma con elegidos ¿Aquella transfiguración, por transparencia, que cantó Juan de la Cruz?
Palencia ha vivido su iniciación: 1918. los acróbatas rapsodas, los artesanos, el pordiosero toledano que pide limosna como si fuera a dárnosla... Si alguien acompaña al pintor en esto primeros pasos, es Greco. A saber, una companía que acrecienta la soledad y la confiere incandescencia.
Algunas versiones urbanas de Madrid, fechadas ese año, parecen sustanciarse en dimensión azul, altura y vértigo cenital. Más que la urbe, pinta la mañana. Más que la mañana, pinta lo que busca o sueña. Al descubrir la extensión desposeída y posesiva de Castilla, identifica su destino y se dispone a seguirlo.
Ante él, extendidas, surgen “las planicies de rastrojos pajizos y barberechas pardas de Castilla abrasadas por el sol de las tres, hora en que la tierra se hace espacio, apoyándose en los cúmulos de luz que caen en torrentes en los cuarzos de yesos y cal viva transfigurados en montones de nieve”.
“La geometría de los campos arados en interminables besanas, me producen alegría por su juego sinfónico de horizontales y verticales superficies llenas de luz que el hombre ordena y trabaja. Este hombre puro del campo, por instinto, cuando tiene que operar con el ritmo del arado, raya convirtiendo la tierra en triángulos t cuadrados, cumpliendo así una necesidad, lo mismo que el artista o artesano cuando siente la de expresar sus ideas en figuraciones rítmicas”.
Palencia describe y escribe leyendas y hechos. Simultáneamente, demuestra ante la Naturaleza lo que habían demostrado los cubistas ante la nada.
Es el instante auroral del pintor. A la vez, el más afín con sus orígenes y sus designios. Lo que hará a continuación, no anuncia a nadie que pueda dejar de ser Palencia. Cuando dice: “cada paisaje crea la fisonomía del ser que nace en él”, dice que el principio se ha convertido en fin. Ya no cabe diferenciar pintura de creación, nombre de pintor y nombres de tierras plasmadas por éste. De cada mole iluminada, transmisiones vivas, audibles, aspirables, táctiles, dan entidad a una creación que no copia la de dios, sino sus equivalencias, en cuanto el verbo “crear” significa. Los adjetivos podemos ponerlos nosotros. El verbo lo pone él, por de pronto en minúscula, según convenios dictados por modestia, por dignidad, o por aquellos a quienes las mayúsculas hacen, comparativamente, más pequeños.
Totalizando o pormenorizando, contrayendo su paleta o dándole espacio libre, el pintor va a revelar cuanto le hace digno de este nombre, y cuanto pudiera dignificarnos ante el corazón radiante o taciturno de Castilla, diáfano hasta rozar la inexistencia, absolutista para darse o negarse con la misma impavidez. Frente a este infinito, Antonio Machado convocó a Azorín para escuchar, juntos, los gallos de la aurora. Palencia ha visto la aurora.
Entendiendo que cada pedazo de planeta exige traducción distinta y propia, se exige oficio distinto y propio en cada caso. El color pasa todas las alternativas: sumido o cegado, ágil o espeso, íntegro o matizado, va vistiendo, según las horas y los temas, su clamor o su confidencia. Podría ilustrar una nueva teoría “fauve”, regreso a la tierra paradisíaca delirada por Andrés Salmón, hasta poner en sus labios alusiones a una fiereza, a un selvatismo plástico. En Palencia, que se inicia con una suerte de pasión ascética, ésta revierte en pasión pura. Masas relampagueantes, amarillo real, ultramar, rojos de vino y carne, blancos apenas creíbles, recogen tactos ásperos y acariciadores, húmedos y tibios, mudos o rumorosos. Nada observa valor contemplativo en estas telas. Un cuadro de Palencia es siempre una acción, un embate, un entusiasmo sofocado o estruendoso.
Le ayudan el don innato y la tierra nativa. Su paisaje es casi antipaisaje, eximido de comercialismo, folklore o tipificación, que antes amasaban el género. Los de Palencia son espacios por unos anales españoles dentro de un himno cósmico. A Benjamín no le duele España, no quiere a España porque no le gusta. Le arrebata España en su no y en su sí y, a veces, parece pintarla por imposibilidad material de transpirarla. Ha cortado todo enraizamiento con los tristes augures del 98, y los asépticos abstractos del 60. En 1930, escribía:
“No comprendo la tristeza de España. Su luz, su color, las materias de su paisaje; el fuerte matacán, el pino, el olivo, su arena ocre, llenos de alegría y sobriedad, no pueden ser tristes. Naturaleza que canta su poesía, indiferente a los cambios sentimentales de aquellas gentes que no poseen la facultad de penetrar, la alegría de las fuentes naturales. La civilización modernista de mal sentido estético, ha transfigurado todo en artística barajita decorativa, y pretende imponer lo falso a lo bueno, la imitación a lo auténtico. Desconocimiento, degradación del gusto, tristeza, en una palabra, de no saber penetrar lo verdadero, lo que está en todo y no será nada, más que para quienes saben sentir la poesía y la plasticidad de la vida en lo alegre de cada cosa.”
Acusa. Reivindica. Descubre. Vicent Van Gohg, aquel tremendo holandés, describía eternidad en unas botas de minero, en la vieja pipa, en una silla de enea esculpida en colores como un claustro románico en granito. Palencia llega a revelaciones semejantes por vía igualmente insospechada. Hay baldíos transformables en constelaciones.
Hay cielos azules cuyo fondo quema. Hay tardes y mañanas construidas con pulpa de frutal. Harina, esparto, brezo, retama. Hálitos, pulsaciones, psicología de soledad que el cadmio y el cobalto fisonomizan. Propiedades boreales de la crin de las cabras. Una rama de cerezo, plantada en el páramo,, totalizando toda primavera. Campanarios de aldea asumiendo toda eternidad posible. El norte del Edén está en la sombra del encinar.
Contra lo que parece, los pintores extienden la partida de nacimiento del paisaje. Nuestro pintor firma aquella que legitima el centro peninsular; le otorga cuna y casta. Física y fe. Sobre todo, fe en los términos más difíciles de la fe, consistentes en creer lo que vemos, lo que nos pertenece por razón de vivir o dejar de vivir. Lo uno y lo otro van implícito en el pintor. Lo uno y lo otro sirven para que exista él, el artista y los demás con ellos, incluso los demás que dejaron de ser. ¿Qué quiere decir eso?, ¿qué cambia esto? Cuando lo que deja de ser toma presencia tan deslumbradora, como en los primeros o penúltimos cuadros de Palencia, la distancia entre “siempre” y “nunca”, cabe en el canto de un pájaro. El fin no está consumado; está conquistado. Palencia se niega a acumular razones sobre lo ineludible. Terminar es seguir. La obra del pintor, y el área terrenal que propaga, constituyen un símbolo de energía, prestigia cuanto es o fue mortal, cuanto puede mortalizarse por designio del arte.
Si, respecto a la obra de Palencia, se hiciese obligatorio relatar algún precedente, relataría sus propias convicciones, antes que las de cualquier otro.
Él invocó antaño, documentalmente, el frescor del arte popular. “Las fuentes vivas del arte popular están perdiéndose por el concepto industrial que lo ha invadido todo; esto no se puede aceptar, porque es la química del engaño. El conocimiento señala otros puntos a dirigir la mirada inteligente del que conoce el tacto de estos documentos populares creados por el aire y color de la tierra en que han nacido: luz extraña que cae sobre las cosas para darles poesía y relieve de materias perennes. La fuerza expresiva de estos documentos, que perdura a través de los cambios arbitrarios del mal gusto, se ha adueñado de los seres que han sentido y sienten este magnetismo del paisaje y costumbres, hasta modelar su fisonomía con los rasgos característicos del lugar. Por eso, en mi constante trasegar, he hallado parecidos extraños; me he encontrado con casos curiosos de seres con fisonomía de caballo, de pájaro, de paisaje... característica influida por la constante convivencia. El hombre de Castilla no se parece al de Cataluña, ni éste al de Vasconia. Tampoco el aire, la piedra, la flor; cada una de estas naturalezas canta su procedencia, su paisaje, dentro de la órbita en que han sido engendradas.”
A la par de esa veta ciega, innominada y amenazada, declara su pasión por inventores plásticos, con los que le igualan sangre y comunidad de origen.
Zurbarán. “El azul de pizarra, el rojo de vino, el plata de pez en Extremadura, hablan poéticamente en los cuadros de aquel recio pintor campesino, que dejaba el arado para coger los pinceles y llevar a sus trazos, a sus formas, la fuerza sana del color y la luz espiritual de los campos extremeños, como ninguno de sus contemporáneos.”
Juan de Herrera, compenetrado con el espíritu de Castilla, levanta su Escorial en las estribaciones del Guadarrama, transfigurando el plano rectangular de de Juan Bautista de Toledo en austeridad, es espíritu de rasa castellanía.
“Piedra tallada con concepto constructivo de escultor, por la pura razón de dar vitalidad a la orquestación de volúmenes, en juego de espacio, luz y viento; cuerpo de piedra trabajado y limado con el sentido del tacto, como el escultor al esculpir sus formas, convirtiendo la piedra en fisonomía viva.
En la arquitectura de Herrera se presiente un cierto sentido escultórico, fundido en volúmenes y proporciones exactas de verticales y horizontales, que juega, en sus construcciones, con el mismo sentido metafísico que en los cuerpos de Fidias y Miguel Ángel; poderoso secreto de poesía, que únicamente fuertes temperamentos saben sentir.”
“Este cuerpo granítico de silencio, reconcentrado como montaña o nube y en constante desafío con los elementos, se ha impuesto al tiempo, y bien pudiera ser hoy como el punto de partida para una arquitectura más nuestra y más de todos, en armonía con el clima, suelo y costumbres de España.”
Ha hablado el pintor, lealmente, de sus móviles y guías. Uno agregaría a éstos, con la misma lealtad, los que he creído percibir por sí mismo: Giotto, Greco y la actualidad vivida por el artista en el arte de su tiempo.
De Giotto corre hasta Palencia una frescura aldeana, una herencia de salud, la tactilidad de la superficie pintada. Su prevención contra lo untuoso le sugiere la idea de algo capaz de suplir la ficción académica de volúmenes. Giotto había visto, el primero, esta posibilidad. Palencia la comprueba y proclama: “Una nueva arquitectura plástica, por primera vez, dio forma a la pintura, y esto constituyó un cambio profundo en los principios de la escuela Florentina, introduciendo calidad táctil en la materia”.
Después de todo, no es asombroso que un labriego pintor, un pastor de Vespignano, intuyera esto cuando el arte de la pintura germinaba, y que otro latino, de condición lugareña, recoja la herencia, y nos haga partícipes de la misma.
Después de Giotto, o a la vez, se debe nombrar a Greco, según hace el propio Palencia con “el amarillo retama y las sombras y ecos verdes de los nubarrones del Tajo en luna de Toledo, expresando su ardiente temperamento, que supo recoger el espíritu de la naturaleza que le rodeaba, y trasladarlo con calidad exacta a las composiciones de sus lienzos; así, poco a poco, fue Toledo formando, influyendo en el espíritu del Greco, hasta darle el secreto de la fisonomía poética personal de lo suyo; poesía encerrada en su temperamento de gran ejecutor plástico”.
El coloquio Greco-Palencia es sutil. No se sabe bien, cuándo, ni dónde, pero se nota su tránsito, incluso frente al Palencia más genuino, como una honda y sigilosa impregnación. Ante luces del secano, azufre e irisación enlunada del centro peninsular, murallas de Toledo y de Avila, la acción de ambos pintores se interfiere espacialmente. En general, todo lo que en Palencia responde a las formas contradictorias, violentas y fecundas del barroco de Castilla, procede del candiota avecindado junto al Tajo.
Sin embargo, aceptando que proceden de ahí, aceptamos que no van por ahí. Aquella cadencia levemente dolorida de Kyriacos, languidez de fuego fauto, se hace acre alegría llama voraz, hacia aquello que somos y aquello donde estamos con Palencia.
En Greco suena un clamor soterrado, como el del grisú. En Palencia, un viento de tierras altas, con halagos animales y vegetales, bloques de nube y basalto que ruedan a impulso planetario, vitalizándose y haciéndose tierra. Greco proyecta su arco hacia la sombra, buscando un más allá musical que evoca, ulteriormente, al hombre. Palencia proyecta en pleno mediodía y se niega a evocar: vive y hace vivir.
En fin, como apoyatura general y leal a su tiempo, reconoce un poder emanado de “París”, diciéndolo así para simplificar las cosas. “París” es ponerse en la hora y en la ley de gravedad de los artistas del siglo. No se olvide, sin embargo, que esta forma de hablar, habla, en primer lugar, hoy, antes de hoy, y posiblemente mañana, de Pablo Picasso. Juan Gris, Joan Miró, Bores, Gargallo, Manolo... El arte originario del Sena constituye un mestizaje en el que domina, o al menos, participa mucha sangre española. Palencia se limita a rescatar lo que, por raza, era suyo, era de aquí, era nuestro.
Nuestro. La palabra sirve para callar ante la obra de este hombre y la significación de estas páginas. En ningún caso implica una terminal en el trabajo del pintor, que sigue en lo suyo, terminando cada cuadro para empezar otro, naciendo y renaciendo. La celebridad no ha alterado pasión, ni vocación. Sencillamente, puede haberle otorgado alguna paz en relación con el destino, y con la tierra, que le deben hoy tanto como le dieron.
Ramón Faraldo