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| Servicio de
Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia |
| Ramón Faraldo -
Madrid, 1972 |
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EL HOMBRE, ES
DECIR, BENJAMÍN PALENCIA,
EN TERCERA PERSONA |
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En este campamento,
Pancho Cossío pondría el agua, Ortega Muñoz el pan, Benjamín
Palencia, el fuego. Amigablemente, según transparentan sus obras,
nadie discutirá al primero la videncia líquida, a Ortega la
premonición del trigo, a Benjamín el don de hacer fuego con todo,
huella de liebre, piedra de granizo, lo que el viento se lleva y lo
que el viento no pudo llevarse. |
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Me atengo a hechos. El fuego no lo hago yo con mis
manos, sino Palencia con las suyas. Si me gustase divagar,
preguntaría, por ejemplo, qué relación guardan esas manos, casi
impecables, con quien derrama en torno vestigios silvestres,
camaraderías de origen con leña de bosque, intemperies, clemencias y
azotamientos del descampado. Hijo de Barrax, en el llano albaceteño,
Palencia, de no ser quien es, hubiera sido uno más entre los
oficiantes de labranza y majadas: yo no puedo enraizarle en clan de
tenderos o hacendados lugareños. Lo veo bajo luces de arados, eras y
fogatas de pastor. |
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Esto es pura
divagación. Uno ha hablado bastante con el interesado, aunque poco
relacionado con su familia, o con la mía. Hay cosas que se
sobreentienden, cuando otras nos sobrepasan. Para ganar tiempo,
contaré los hechos según ocurrieron. |
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Palencia me fue presentado por sus cuadros, en la
Galería Estilo, que llevaba Emilio Peña, hace veintisiete años. A mí
me presentó a Palencia la soledad del lugar, donde a la sazón nos
hallábamos, decentemente solos, el pintor que callaba, yo, que
miraba, y Emilio Peña, que hacía ambas cosas a la vez. Yo había ido
dos veces a la exposición. A la tercera, fue la vencida. Empecé yo,
me parece. |
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Aquellas geometrías bárbaras, con animales y caminos
metalizados, rojos de greda, blancos de yeso, rosas yertos, morteros
y alisamientos, no podían deberse a capricho. Algo, o alguien,
positivamente existente, tenía que ser así. El artificio plástico
era demasiado imperativo. Palencia absorbía, describía, acuñaba
materias vivas. Decía. "Yo" . Señalaba. |
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Atravesando,
después, solaneras y nocturnos del estepar, reconocí las señales.
Reconocí “lo que tenía que ser así”. También me di cuenta de otra
cosa: si el pintor señalaba, era igualmente señalado. Marginando el
Jarama o el Tiétar, ladeando costillares de Gredos, con una escopeta
y un perro pasablemente ociosos bajo mi gobierno, cuanto uno veía
invocaba clamorosamente al pintor. Uno respiraba, hollaba, penaba y
disfrutaba materias plasmadas. Uno percibía la inminencia de algo,
estaba a punto no sé de qué, nacer o morir de sed, dentro de un
cuadro, en plena intemperie. |
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Aquel hombre y aquellas soledades, en su conexión
indivisible, me interesaron, respecto al protagonista, más que
cualquier razón o confidencia. Constituían un misterio diáfano, es
decir, inexplicable. El estudio madrileño de Palencia tenía un aroma
inesperado, más de jaral que de aceite de linaza. El silencio de su
persona equivalía a ciertos silencios expectantes de panoramas
serranos. Su conversación, un aleluya aludiendo a la tierra, un
distanciamiento extraño aludiendo a sí mismo, un anatema, burlesco o
iracundo, refiriéndose a académicos, celebridades y perspectivas del
arte español entonces triunfante. Creía, por necesidad, en Greco,
Zurbarán y Juan de Herrera. Creía, por convicción, en Piero de la
Francesca, Mantegna, Tiziano: el cetro se lo disputaban, sin
embargo, Piero y Giotto. De Cezanne hablaba como si hablase de
Cezanne. De Vicente Van Gogh, Palencia hablaba como si hablase de
Palencia. A Picasso y Juan Gris, bastaba nombrarles. Solana y
Vázquez Díaz, no era necesario nombrarles. Velázquez le irritaba y
no sé qué más, Goya le irritaba y yo no sé qué menos; era la
astucia, lo demoníaco, lo aborrecible o seductor según cuándo, cómo
y dónde. |
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De quienes nos
rodeaban, se mostraba deferente con Zabaleta, Caneja, Mateos. Jesús
Olasagasti... No tenía exactamente amigos, ní exactamente los
evitaba. Tenía al joven Francisco San José, que le acompañaba a
todas partes con su silencío específico. Como ofertantes de un rito,
abandonaban cada tarde el estudio de Sagasta 19, para emerger en
cualquier erial del contorno madrileño. San Fernando del Jarama,
Vicálvaro, Vallecas, Dehesa de la Villa, Huertos de la China y Tío
Raimundo. «Muchas veces -confiesa Palencia- siento en mí al perro
vagabundo de las estaciones y veredas perdidas entre basuras,
papeles y cardos de los terraplenes negros de gas y alambres
mohosos, de las afueras de Madrid... llegaban a tales afueras tras
abnegados desplazamientos en metros, tranvías y camionaje posbélico,
o empleando la propia andadura si no había vehiculo peor. Sobre la
pura piedra, o la pura tierra, dibujaban y acarelaban hasta que caía
el atardecer o les echaban. «Siempre hay alguien que os echa..,
decía Rimbaud. |
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Comprobé entonces lo que era andar, ver, escuchar,
estar de acuerdo. Éramos tres de acuerdo, tres más o menos solos.
más o menos anhelantes, más o menos desadinerados. Respecto a F. San
José y a mí, esto era cosa sabida y estaba clara. Respecto a
Benjamín. esto era cosa suya y estaba como estaba. Habitaba una casa
señorial en el corazón de Madrid. poseía torre o molino en
Villafranca de Avila, aparecía y desaparecía como un fantasma, sin
dejar dirección, rumbo. fecha de regreso o adiós. |
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Ocurrió lo transcrito en un Madrid rebañado aún por
la guerra. Francisco San José tenía veinticuatro años, y su aspecto
lo demostraba. Palencia tenía el aspecto que demostraba o dejaban de
demostrar sus años. La cronología no parecía tenerle en cuenta. Pudo
nacer con el siglo, quizá algo después, quizá antes. Con el pelo
leonado de entonces y el pelo blanco de hoy, tez curtiendo unos
rasgos de marinero más que de labriego, pasaba de la rudeza a la
unción, de la lucidez a la inexorabilidad, de la profecía al
ensimismamiento, en mutaciones no siempre explicadas o explicables.
Viéndoles tirar, páramo adelante, como acudiendo en socorro de algo,
ambos obsesos evocaban otra pareja esteparia, vengadora de agravios
en un tiempo. Ahora se vengaba un paisaje desdeñado infinitamente
por plásticas envanecidas. En tal empresa, ambos camaradas
denunciaban un vago encastamiento con la que llamaron "errante
caballería", pero donando la manera de señalar. |
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He contado lo que
viví y compartí con el pintor, en un enclave definido de su
existencia. Cuanto manifiesto a continuación no tiene tanta
proximidad, y se documenta en fechas, referencias y sucesos pasados
o ulteriores. El total informativo es más bien parco, dados el
aislamiento del protagonista, a menudo inencontrable, o inencontrado,
y la sobriedad coloquial del mismo respecto a su propia persona. |
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Según diversas referencias, sé que Palencia llega a
Madrid el año nueve, por consejo o decisión de un amigo o pariente,
don Rafael López. No me consta, por ningún conducto, que el recién
llegado practicase actividad o estudio ajenos a la pintura. De
constarme, tampoco le daría condición reseñable. Este hombre es tan
inseparable de sus colores como de su bautismo. |
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1913. El Salón de Otoño convoca su primera
celebración. Un cuadro, alusivo al destino de José María de Larra,
firmado Palencia, es mención de honor. Corno la pintura, incluso la
premiable en Salones de Otoño, no se improvisa, deduzco que
Palencia, desde su llegada, y antes de llegar a Madrid, había
entablado relaciones con el color y sus herramientas. Conjeturando
que el pintor o nace o se hace, conjeturo que Palencia margina la
disyuntiva. No nace pintor, porque debe nacer. Se hace pintor para
nacer, y continuará naciendo según continúe pintando. |
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El diploma otoñal 1915, no cuenta, como diploma, a
efecto ninguno, pero da origen a una intervención prestigiosa. Juan
Ramón Jiménez, desde sus penumbras lilas, convoca al pintor,
negándose a que éste pase desapercibido como tal pintor, tanto como
a pasar desapercibido -él- como tal Juan Ramón. Angélico o
luciferino, decide ejercer una suerte de tutoría líricoapostólica
sobre el joven. Por su mediación, Palencia amiga con algunos otros
detectados o protegidos del temible poeta de «Platero». |
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Eran estas amiganzas con Francisco Borés, Pancho
Cossío, Salvador Dalí, José María Ucelai, tolerantes aprendices de
Bellas Artes en la Real de San Fernando, donde se encontraban todas
las mañanas. A Palencia, menos tolerante y en absoluto fernandino,
debía encontrársele en umbrías del Retiro, desmontes de la Pradera,
girasoles de Vallecas, verticales pavonadas de Toledo, donde
intolerante y fernandinos soñaban sus sueños. Palencia, cuadros,
como cuadros, los otros, triunfos, no residenciados, precisamente,
bajo los girasoles ferroviarios del arrabal. |
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Por estas fechas, debe encontrarse con uno que no
piensa ser más que uno, está bien donde está, y es lo mismo que es.
Alberto Sánchez, panadero de tahona, escultor de rastrojo, fue el
"que debía venir, el esperado" Alberto exalta la intuición de un
culto estepario, eregido sobre horizontales y verticales, alimentado
con greda, semillas, azules, almagra, luna y mediodía del propio
llano. No era cuestión de reconstruir a Possin del natural, era
cuestión de construir el natural del natural. Alberto y Palencia
serían artesanos, profetas y, alguna vez, víctimas de esta fe. Mas
"el pintor necesita quemarse las manos con la pintura, si quiere que
por esta fluya la sangre", según testimonia Palencia. Quemarse,
pues, era una parte prevista del oficio, y, lo que debió arrojarse
al fuego, figuraba, de antemano, en la lista de combustibles. |
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| 1923. Editorial Índice, dirigida
por Juan Ramón, publica un volumen con dibujos de Palencia. “Niños”.
El poeta actúa de gran introductor: |
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"Ritmo alegre y feliz de este Benjamín español sano y
puro, que, escondido en su visión primaveral interior, todavía
revuelta de confuso entretiempo, defendido de lo "grande", por la
arisca enredadera de sus venas de sangre, en irisada abstracción se
embriaga pintando líquida, aéreamente -ávido ya, y aun de la firme
arquitectura secreta de lo claro- flores. mujeres, aguas, cristales,
cielos, peces y niños... |
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Está nuestro pintor -un niño también casi- hundido
todo él, como en un soleado mar hermoso, en la profunda virtud,
primera del artista, la sensibilidad. (Ese hacer lo que a uno le
gusta, lo que a uno le da la gana, que es lo que hacen, hasta
llorar, patear, y pegar -¡fuerte-, si no los dejan, los perfectos
artistas que son los niños; que es lo que están haciendo estos niños
que vagan delante de nosotros por el libro...) Y en la expresión de
esa sensualidad -bien se ve, en la breve y aguda colección presente
de su arte menor- Benjamín va flechado a la síntesis. Sensualidad y
síntesis... ¿Necesita otras armas. otras manos, el creador?» |
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Sí. Por lo visto, necesita más. Necesita el plural
además del singular. Necesita contorno. Necesita vivir y hacer vivir
con su obra. La situación de Madrid. en cuanto a necesidades no
previstas por Juan Ramón, era desdichada. Las opciones ofrecidas a
cualquier raza de arte eran la respetabilidad académica, la bohemia
académica, o la pequeña crápula enquistada entre ambas. Estamos a
bastantes años de aquello, pero hubo alguna razón para que el primer
cuadro de Benjamín mencionase a Mariano de Larra. Sin el menor
resentimiento hacia nadie, todavía escribir, pintar, investigar, en
Madrid, era lo que testimonió y rubricó como se sabe "El pobrecito
hablador". |
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La que llamaron
"Exposición de artistas Ibéricos", año 25, significó un esfuerzo,
estimable, para prevenir aquella clase de rúbricas. "Artistas
Ibéricos" pretende "exaltar el instinto puro de la actividad crea.
dora, la limpia mirada, la directa intuición del inocente". Manuel
Abril, Juan de la Encina, Francisco Alcántara, dedican al
acontecimiento grandes titulares y sus secciones en prensa roban
algún espacio a ecos de sociedad y algazaras políticas. Pero la
gente está demasiado interesada por todo para interesarse por nada. |
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La Exposición cuantificó todo el enardecimiento
plástico acumulable en la capital. A la vez, evidencia lo baldío del
esfuerzo aplicado a tal causa, y a tal medio ambiente. |
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Se inicia el éxodo. Peinado, Bores, Cossío, Dalí.
Ucelay, parten hacia París. Palencia les sigue final mente, con
añoranza de volver en cuanto sube al tren. Los otros parten para
ganar o perder, dejando atrás lo que dejan. Palencia va a contrastar
su quimera frente a otras quimeras consagradas. No deja atrás nada
que realmente deje. |
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París, entre gloria y miseria, era una fiesta para
quien no era una sima. El imperialismo neocubista mantenía su vigor.
Derain, Braque, Juan Miró, Paul Klee, Utrillo, Chagall, Dufy, Bonard,
se hayan en plenilunio. Palencia dibuja algo en la "Grande Chaumiére".
Los cafés de Monmartre, varaderos de la internacional del Arte, le
conocen poco. Louvre, Jeu de Paume, Luxemburgo y demás centros de
eternización plástica, le ven asomarse verazmente a sus brocales.
Palencia va a París para quitarse de enmedio a París. No sé si, como
en el adolescente de Joyce, intenta reconocer, por el silencio y la
ausencia, "la conciencia increada de su raza". En todo caso, la
frase puede ser válida en algunos de sus sentidos. |
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Los camaradas van arraigando a orillas del Sena, y
abriendo caminos más o menos sinuosos. El de Barrax ya se había
trazado el suyo. El suyo volvía siempre al punto de partida. Tardará
lo imprescindible en conducirle de nuevo allí donde empezó. |
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En 1928, el Museo de Arte Moderno de Madrid presenta
el resultado de su experimentación viajera. El lenguaje propio del
arte moderno y universal aparece conjugado con las constantes del
arte de siempre y de aquí. |
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1928 es una fecha
crucial. Hasta aquí, Palencia ha ido trabajando su vida. A partir de
aquí, comienza a trabajar su historia. |
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Vuelve a la tierra
anímica y física. Durante tres años, pintor y suelo, personaje y
acción, porfían, pactan, llegan a choques y acuerdos sustanciales.
El no escucha más voces que la suya y la de los suyos. Finalmente,
por incitación de las mismas, se obliga a escuchar otras. Palencia
hace una pausa, y toma una dirección magnética. El objetivo se llama
Italia. Estamos . en 1930. |
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En una época
sometida al informe de última hora, incluso en arte, sorprende que
hombres de la vanguardia plástica acudan, por propia voluntad, a
comprobar ecos, estelas o residuos de primera hora, almacenados en
los viejos museos mediterráneos: |
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Para Benjamín, el
viaje es más bien un débito sagrado. París le había informado
copiosamente sobre gérmenes nuevos. Italia va a informarle sobre
gérmenes inmemoriales. En la capilla de Arena, ante Giotto, «las
manos más decididas y austeras que la pintura tuvo jamás, creador de
sombras preparadas con cal y barro amargo», presiente la majestuosa
esbeltez del gótico. Paolo Ucello, y Piera de la Francesca, obsesos
de una vesanía lineal y conceptual, confían alguno de sus secretos
al enmudecido español, que les observaba en su Duomo. Después,
cuando la obra aquí estudiada crezca por expansiones y represiones,
por instinto y disciplina, el margen algebraico de los
Cuatrocentistas Itálicos contribuirá a poner conciencia en la
temeridad, severidad en el amor. |
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«El pintor tiene
que coger el color en las manos para saber numerar su peso, lo mismo
que sentir su timbre y el sonido de cada uno, para musicalizar los
espacios poéticos en sus creaciones. La pintura española no ha
sabido recoger esto". |
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La necesidad de
recoger "esto" fue el porqué del viaje. En el ensayo "Giotto, raíz
viva de la pintura", el pintor de Barrax testimonia su adhesión al
gran florentino, y el ensamblado tácito o explícito de la ya
estatuaria rojo-nieve de Giotto con la planimetría colorista de
nuestro siglo. |
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El documento sobre
Giotto lleva fecha marzo, 1934. |
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Un tiempo ambiguo,
en el que ansiedad, caos, violencia y fatalidad circulaban del
brazo, fraternalmente. Es tiempo de Rafael Alberti, García Lorca,
Moreno Villa, Maruja Mayo, Torres García, Luna, Ferranz, Manolo
Altolaguirre, Emilio Prados, Alejandro Casona. Con "El lenguaje de
la flores", "Nuestra Natacha", "El Caballero de Olmedo", la edad no
cumplida de lunas y arcángeles, autos-sacramentales, superrealismo,
juglaria labriega y marinera, peligro y risotada, "La barraca"
inicia su marcha de campanas, banderas, mensaje ría específica,
desastres y heroísmos. Palencia, materialmente raptado, decora,
disfruta, vive en zozobra continua, busca soledad hacia Levante o
hacia Poniente, pinta un poco, es hallado, reintegrado a la
farándula, incorporado a los ilustres vagabundos. Pinta otro poco. |
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Año y medio más
tarde, la palabra barroca, y, en aquellos tiempos, sibilina, de José
Bergamín, proclama la síntesis plástica y poética aportada por un
arte de España sobre España. -Arte de creación, y como todo arte
cabal, un rico e iluminado laberinto. ¡Cuidado! iQue nadie trate de
hallar la puerta de salida antes de haber hallado la de entrada!". |
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Realmente, no
había demasiadas apreturas ante estas puertas. Existían otras más
absorbentes, que iban a romperse por presión cruenta de la
concurrencia, un día de julio de 1936. |
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El texto citado de
José 8ergamín comenta la exposición de 1935, en donde Palencia
aborda su rico e iluminado laberinto. Después fue después. |
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La guerra, o sea, nuestra guerra,
significa para Palencia, a parte de sus incertidumbres mortales, la
privación de pintar: tres años de supervivir o de subvivir, por
decirlo de algún modo. Me resisto a emplazar al pintor en la ciudad
sitiada: también es cierto que todo en ella se resiste a emplazarle.
Creo que pudo evadirse de la capital. Creo que no quiso abandonar su
estudio ni su obra. Es todo lo que sé, y acaso todo lo que él quiere
saber de aquello. |
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Cuando cesa el
fuego, Palencia está solo, con una forma nueva de soledad; no la
alcanzada por deseo o por amor, sino por el vacío o la nada. Esa
soledad que deja sólo la guerra, por su vecindad con la muerte, digo
yo. |
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Palencia lucha con
este vacío. De alguna forma, necesita ser escuchado en la misma
medida que escuchar. El paso de las armas, el tacto' directo de la
desgracia, pudieron extremar en él una nostalgia de solidaridad. |
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La escuela de
pintura de Vallecas responde a ésta. Un grupo de muchachos, tiznados
todavía del polvo de los refugios, busca a quien mejor podía
aconsejarles y establecen su campamento en el pueblo de carros y
herreros, donde Madrid empieza a ser descampado y accede a chozas,
cerros y trigales enjutos. |
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Palencia improvisa
una suerte de teología de la intemperie. Recuerda a Alberto, cuando
Alberto hablaba: |
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"Me dicen la ciudad. Y yo respondo: El
campo: con las emociones que dan las gredas, las arenas y los
cuarzos, con las tierras oliendo a mejorana: entre vegetales de
sándalo, con las hojas secas de lija y un arroyo de juncos con
puntas de acero galvanizado: con las tierras de Alcaen, de las
Sagras toledanas, y los olivos cuajados de torvos negros... Que de
aquí en adelante no sea yo más que un terrón de castellanas tierras,
que el terrón sea de tierra parda en invierno, con rojo viejo de
Alcalá, con amarillo pajizo y matas de manzanilla de Toledo, que mi
tierra sea envuelta en colores de tomillo y de cantueso, que me den
calor los conejos y las liebres, guardado de árboles de majuelas,
tomillos y esbeltos tallos de hinojo. |
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Vallecas no
contiene todo esto, pero acaso lo compendia con su otoño triguero,
la modestia de cerros y la intensa penetración tomillar. |
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La Escuela vive en
eterna vicisitud. Del atrio de la iglesia pasa a sombraja de
melonar, de éste, cuando aprieta el frío, a una ermita abandonada,
que se les viene encima clavando el segundo clavo. Una vieja
herrería, ésta alquilada, les cobija finalmente. Ellos hacen de
todo: albañiles, carpinteros, decoradores, mueblistas. Uno de ellos
pintó casi todo el techo con un pincel de acuarela. Ellos se
llamaban Alvaro Delgado, Carlos Pascual de Lara, Francisco San José,
y, con mayor o menor proximidad, Gregario del Olmo, Enrique Castelo,
Luis Castellanos, Luis García Ochoa, Cirilo Martínez Novillo. |
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El pueblo
vallecano, desde puertas y ventanas nimbadas de solo de escarcha,
les vio llegar con cierto estupor. Cuando siguen llegando por la
carretera nevada o abrasada, empapados hasta los huesos o sudando
huesos, intuyen que algo respetable se ventila entre los
congregados. |
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Deben respetarse.
La estufa del herrero se enciende los días duros para calentarlos.
Los frutos del secano ilustran, con su pulpa roja y dorada, las
escuetas comidas del Convivio. |
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Dura dos años.
Todavía pueden hallarse vestigios de aquellas jornadas. Sobre muros,
tapias, mojones. postes, en lucha con el publicitarismo de
detergentes y urbanizadores, siguen grabados, en pequeño, fechas y
nombres tutelares: Piero, Domenico, Juan Gris, Picassooo... |
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En la loma de
Artesa, al aire candeal de las alondras, levantan el monumento a los
plásticos vivos: ladrillo, piedra y cal. Inscripción: "Ellos poseen
la piedra filosofal y transforman la pintura en oro puro" Firman
todos los héroes que integran vanguardia y eternidad de la pintura. |
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Fueron dos años.
De ellos salieron todos para volar alto, menos alguno, a quien el
destino no dio tiempo a volar. |
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Por lo demás, o
por lo de menos, el Madrid de postguerra no ha cambiado respecto al
anterior, en cuanto a arte se refiere. El pintor continúa halagando
clientelas, que querrían, en suma, pintar ellas, pintarse ellas,
como ellas se ven o se creen. El dinero comienza a ganarse
sinuosamente, aunque abundantemente. y, entre los dividendos de
aluvión, queda algún excedente para subastar la dignidad del
artista. |
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Continúan en
activo los feudos "folklore" y "academia". Ancianidad y mocedad
comarcales, atrapadas en un marco como en un cepo, exhiben los
símbolos étnicos como ciertos amputados sus muñones. Un bodegonismo
sincronizado les acompaña con cobres, pimenteras y gallos de corral.
La iconografía de sociedad agrega sacarina y pirotecnia al
espectáculo. Galerías de Arte y Exposiciones oficiales no parecen
afectadas por el tiempo pasado, quizá porque, al nacer, ostentan ya
todo achaque previsible. |
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Palencia sigue
trabajando. Por fidelidad a sus convicciones y desinterés de los
ofertorios madrileños. busca otra paz bajo otros quicios.
Villafranca de Avila, en plena paramera central. le ofrece lo que
quiere y lo que tiene: tierra intacta, horizonte de tomillo y
pastoreo, labranzas y labriegos, bestias casi minerales, rocas casi
animales, articulan sus colores. Allí hace sus cuadros como si
hiciese su casa. Los nombres que cercan el lugar elegido garantizan
su reciedumbre romance: Zapardiel, Diego Álvaro, Hernán Sancho,
Burgohondo, Pradoseguro, San Juan de la Nava. |
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Zagales,
trashumantes, gentes de honda y abarca, sujetos fibrosos, pan, miel
y caza, fondos de pueblos coral, sembraduras artilladas de perdices,
serranías con vetas fresa, azufre, pizarra, óxidos y herrumbres de
intemperie, le proporcionan lo que ya estaba hecho por Dios y
desconocido por el hombre. |
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Hace acto de
presencia en el arte de su patria, entendiendo que este es su
derecho y no menos su deber. Acude a las Exposiciones Nacionales,
como si acudiera a filas. Su cuadro "La era" recibe Tercera Medalla
en 1941. Dos años más tarde, una panorámica de Toledo, Medalla de
Primera Clase. Esta pugna medallada, tan dura como pueril, no hace a
nadie mejor ni peor, mas posee entidad ideal para que quien la
consigue pueda olvidarlas o ser olvidado con parecidas
probabilidades. |
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El
tiempo del pintor va transcurriendo entre la casa serrana, estudio
madrileño, estancias en el Mediterráneo, viajes circunstancial es, a
Italia sobre todo, convivencia escasa, soledad. El Gran Premio de la
I Bienal Hispano-Americana, a un paisaje de San Juan de la Nava,
tiene eco persistente. Ya puede vivir en la resignación de su
gloria, de su firma, de los cuadros que arrancan de sus manos, de
una hegemonía plástica que empieza a no discutirle nadie más que él
mismo pidiéndose más a sí mismo. |
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Para algunos, ahora empieza a ser
quien fue, según dicen. Para muchos, fue siempre quien es, según
decimos. Resulta de mala ley disminuir obra de un pintor, utilizando
en contra obra previa o posterior del mismo pintor. Todas, en el
caso Palencia, derivan del mismo enfrentamiento o camaradería entre
lógica y caos, planeta y hombre, raza y universo. Si los términos en
liza se han pacificado, si uno ha cedido ante el otro, ciertamente
los frentes están donde estaban y las espadas siguen en alto. |
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En el día de hoy, igual que ayer o
hace veinte años, alguien añora perros de estación, basuras, y
cardos secos de las afueras madrileñas, con otro anhelo pero con
toda legitimidad. Uno puede, despues de todo, ser profeta en su
patria, a condición de pasar por cuanto debe pasar el profeta,
incluso por perro de estación. En ocasiones, quizá hasta valga la
pena. De la pena, quizá nazca el profeta. |
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