Galería Ignacio de Lassaletta
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Benjamín Palencia
Críticas

 

 

 

 
 
Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia
Ramón Faraldo - Madrid, 1972
 
 
EL HOMBRE, ES DECIR, BENJAMÍN PALENCIA, EN TERCERA PERSONA
 

En este campamento, Pancho Cossío pondría el agua, Ortega Muñoz el pan, Benjamín Palencia, el fuego. Amigablemente, según transparentan sus obras, nadie discutirá al primero la videncia líquida, a Ortega la premonición del trigo, a Benjamín el don de hacer fuego con todo, huella de liebre, piedra de granizo, lo que el viento se lleva y lo que el viento no pudo llevarse.

Me atengo a hechos. El fuego no lo hago yo con mis manos, sino Palencia con las suyas. Si me gustase divagar, preguntaría, por ejemplo, qué relación guardan esas manos, casi impecables, con quien derrama en torno vestigios silvestres, camaraderías de origen con leña de bosque, intemperies, clemencias y azotamientos del descampado. Hijo de Barrax, en el llano albaceteño, Palencia, de no ser quien es, hubiera sido uno más entre los oficiantes de labranza y majadas: yo no puedo enraizarle en clan de tenderos o hacendados lugareños. Lo veo bajo luces de arados, eras y fogatas de pastor.

Esto es pura divagación. Uno ha hablado bastante con el interesado, aunque poco relacionado con su familia, o con la mía. Hay cosas que se sobreentienden, cuando otras nos sobrepasan. Para ganar tiempo, contaré los hechos según ocurrieron.

Palencia me fue presentado por sus cuadros, en la Galería Estilo, que llevaba Emilio Peña, hace veintisiete años. A mí me presentó a Palencia la soledad del lugar, donde a la sazón nos hallábamos, decentemente solos, el pintor que callaba, yo, que miraba, y Emilio Peña, que hacía ambas cosas a la vez. Yo había ido dos veces a la exposición. A la tercera, fue la vencida. Empecé yo, me parece.

Aquellas geometrías bárbaras, con animales y caminos metalizados, rojos de greda, blancos de yeso, rosas yertos, morteros y alisamientos, no podían deberse a capricho. Algo, o alguien, positivamente existente, tenía que ser así. El artificio plástico era demasiado imperativo. Palencia absorbía, describía, acuñaba materias vivas. Decía. "Yo" . Señalaba.

Atravesando, después, solaneras y nocturnos del estepar, reconocí las señales. Reconocí “lo que tenía que ser así”. También me di cuenta de otra cosa: si el pintor señalaba, era igualmente señalado. Marginando el Jarama o el Tiétar, ladeando costillares de Gredos, con una escopeta y un perro pasablemente ociosos bajo mi gobierno, cuanto uno veía invocaba clamorosamente al pintor. Uno respiraba, hollaba, penaba y disfrutaba materias plasmadas. Uno percibía la inminencia de algo, estaba a punto no sé de qué, nacer o morir de sed, dentro de un cuadro, en plena intemperie.

Aquel hombre y aquellas soledades, en su conexión indivisible, me interesaron, respecto al protagonista, más que cualquier razón o confidencia. Constituían un misterio diáfano, es decir, inexplicable. El estudio madrileño de Palencia tenía un aroma inesperado, más de jaral que de aceite de linaza. El silencio de su persona equivalía a ciertos silencios expectantes de panoramas serranos. Su conversación, un aleluya aludiendo a la tierra, un distanciamiento extraño aludiendo a sí mismo, un anatema, burlesco o iracundo, refiriéndose a académicos, celebridades y perspectivas del arte español entonces triunfante. Creía, por necesidad, en Greco, Zurbarán y Juan de Herrera. Creía, por convicción, en Piero de la Francesca, Mantegna, Tiziano: el cetro se lo disputaban, sin embargo, Piero y Giotto. De Cezanne hablaba como si hablase de Cezanne. De Vicente Van Gogh, Palencia hablaba como si hablase de Palencia. A Picasso y Juan Gris, bastaba nombrarles. Solana y Vázquez Díaz, no era necesario nombrarles. Velázquez le irritaba y no sé qué más, Goya le irritaba y yo no sé qué menos; era la astucia, lo demoníaco, lo aborrecible o seductor según cuándo, cómo y dónde.

De quienes nos rodeaban, se mostraba deferente con Zabaleta, Caneja, Mateos. Jesús Olasagasti... No tenía exactamente amigos, ní exactamente los evitaba. Tenía al joven Francisco San José, que le acompañaba a todas partes con su silencío específico. Como ofertantes de un rito, abandonaban cada tarde el estudio de Sagasta 19, para emerger en cualquier erial del contorno madrileño. San Fernando del Jarama, Vicálvaro, Vallecas, Dehesa de la Villa, Huertos de la China y Tío Raimundo. «Muchas veces -confiesa Palencia- siento en mí al perro vagabundo de las estaciones y veredas perdidas entre basuras, papeles y cardos de los terraplenes negros de gas y alambres mohosos, de las afueras de Madrid... llegaban a tales afueras tras abnegados desplazamientos en metros, tranvías y camionaje posbélico, o empleando la propia andadura si no había vehiculo peor. Sobre la pura piedra, o la pura tierra, dibujaban y acarelaban hasta que caía el atardecer o les echaban. «Siempre hay alguien que os echa.., decía Rimbaud.

Comprobé entonces lo que era andar, ver, escuchar, estar de acuerdo. Éramos tres de acuerdo, tres más o menos solos. más o menos anhelantes, más o menos desadinerados. Respecto a F. San José y a mí, esto era cosa sabida y estaba clara. Respecto a Benjamín. esto era cosa suya y estaba como estaba. Habitaba una casa señorial en el corazón de Madrid. poseía torre o molino en Villafranca de Avila, aparecía y desaparecía como un fantasma, sin dejar dirección, rumbo. fecha de regreso o adiós.

Ocurrió lo transcrito en un Madrid rebañado aún por la guerra. Francisco San José tenía veinticuatro años, y su aspecto lo demostraba. Palencia tenía el aspecto que demostraba o dejaban de demostrar sus años. La cronología no parecía tenerle en cuenta. Pudo nacer con el siglo, quizá algo después, quizá antes. Con el pelo leonado de entonces y el pelo blanco de hoy, tez curtiendo unos rasgos de marinero más que de labriego, pasaba de la rudeza a la unción, de la lucidez a la inexorabilidad, de la profecía al ensimismamiento, en mutaciones no siempre explicadas o explicables. Viéndoles tirar, páramo adelante, como acudiendo en socorro de algo, ambos obsesos evocaban otra pareja esteparia, vengadora de agravios en un tiempo. Ahora se vengaba un paisaje desdeñado infinitamente por plásticas envanecidas. En tal empresa, ambos camaradas denunciaban un vago encastamiento con la que llamaron "errante caballería", pero donando la manera de señalar.

* * *

He contado lo que viví y compartí con el pintor, en un enclave definido de su existencia. Cuanto manifiesto a continuación no tiene tanta proximidad, y se documenta en fechas, referencias y sucesos pasados o ulteriores. El total informativo es más bien parco, dados el aislamiento del protagonista, a menudo inencontrable, o inencontrado, y la sobriedad coloquial del mismo respecto a su propia persona.

Según diversas referencias, sé que Palencia llega a Madrid el año nueve, por consejo o decisión de un amigo o pariente, don Rafael López. No me consta, por ningún conducto, que el recién llegado practicase actividad o estudio ajenos a la pintura. De constarme, tampoco le daría condición reseñable. Este hombre es tan inseparable de sus colores como de su bautismo.

1913. El Salón de Otoño convoca su primera celebración. Un cuadro, alusivo al destino de José María de Larra, firmado Palencia, es mención de honor. Corno la pintura, incluso la premiable en Salones de Otoño, no se improvisa, deduzco que Palencia, desde su llegada, y antes de llegar a Madrid, había enta­blado relaciones con el color y sus herramientas. Conjeturando que el pintor o nace o se hace, conjeturo que Palencia margina la disyuntiva. No nace pintor, porque debe nacer. Se hace pintor para nacer, y continuará naciendo según continúe pintando.

El diploma otoñal 1915, no cuenta, como diploma, a efecto ninguno, pero da origen a una intervención prestigiosa. Juan Ramón Jiménez, desde sus penumbras lilas, convoca al pintor, negándose a que éste pase desapercibido como tal pintor, tanto como a pasar desapercibido -él- como tal Juan Ramón. Angélico o luciferino, decide ejercer una suerte de tutoría líricoapostólica sobre el joven. Por su mediación, Palencia amiga con algunos otros detectados o protegidos del temible poeta de «Platero».

Eran estas amiganzas con Francisco Borés, Pancho Cossío, Salvador Dalí, José María Ucelai, tole­rantes aprendices de Bellas Artes en la Real de San Fernando, donde se encontraban todas las mañanas. A Palencia, menos tolerante y en absoluto fernandino, debía encontrársele en umbrías del Retiro, desmontes de la Pradera, girasoles de Vallecas, verticales pavonadas de Toledo, donde intolerante y fernandinos soñaban sus sueños. Palencia, cuadros, como cuadros, los otros, triunfos, no residenciados, precisamente, bajo los girasoles ferroviarios del arrabal.

Por estas fechas, debe encontrarse con uno que no piensa ser más que uno, está bien donde está, y es lo mismo que es. Alberto Sánchez, panadero de tahona, escultor de rastrojo, fue el "que debía venir, el esperado" Alberto exalta la intuición de un culto estepario, eregido sobre horizontales y verticales, alimentado con greda, semillas, azules, almagra, luna y mediodía del propio llano. No era cuestión de reconstruir a Possin del natural, era cuestión de construir el natural del natural. Alberto y Palencia serían artesanos, profetas y, alguna vez, víctimas de esta fe. Mas "el pintor necesita quemarse las manos con la pintura, si quiere que por esta fluya la sangre", según testimonia Palencia. Quemarse, pues, era una parte prevista del oficio, y, lo que debió arrojarse al fuego, figuraba, de antemano, en la lista de combustibles.

* * *

1923. Editorial Índice, dirigida por Juan Ramón, publica un volumen con dibujos de Palencia. “Niños”. El poeta actúa de gran introductor:

"Ritmo alegre y feliz de este Benjamín español sano y puro, que, escondido en su visión primaveral interior, todavía revuelta de confuso entretiempo, defendido de lo "grande", por la arisca enredadera de sus venas de sangre, en irisada abstracción se embriaga pintando líquida, aéreamente -ávido ya, y aun de la firme arquitectura secreta de lo claro- flores. mujeres, aguas, cristales, cielos, peces y niños...

Está nuestro pintor -un niño también casi- hundido todo él, como en un soleado mar hermoso, en la profunda virtud, primera del artista, la sensibilidad. (Ese hacer lo que a uno le gusta, lo que a uno le da la gana, que es lo que hacen, hasta llorar, patear, y pegar -¡fuerte-, si no los dejan, los perfectos artistas que son los niños; que es lo que están haciendo estos niños que vagan delante de nosotros por el libro...) Y en la expresión de esa sensualidad -bien se ve, en la breve y aguda colección presente de su arte menor- Benjamín va flechado a la síntesis. Sensualidad y síntesis... ¿Necesita otras armas. otras manos, el creador?»

Sí. Por lo visto, necesita más. Necesita el plural además del singular. Necesita contorno. Necesita vivir y hacer vivir con su obra. La situación de Madrid. en cuanto a necesidades no previstas por Juan Ramón, era desdichada. Las opciones ofrecidas a cualquier raza de arte eran la respetabilidad académica, la bohemia académica, o la pequeña crápula enquistada entre ambas. Estamos a bastantes años de aquello, pero hubo alguna razón para que el primer cuadro de Benjamín mencionase a Mariano de Larra. Sin el menor resentimiento hacia nadie, todavía escribir, pintar, investigar, en Madrid, era lo que testimonió y rubricó como se sabe "El pobrecito hablador".

La que llamaron "Exposición de artistas Ibéricos", año 25, significó un esfuerzo, estimable, para prevenir aquella clase de rúbricas. "Artistas Ibéricos" pretende "exaltar el instinto puro de la actividad crea. dora, la limpia mirada, la directa intuición del inocente". Manuel Abril, Juan de la Encina, Francisco Alcántara, dedican al acontecimiento grandes titulares y sus secciones en prensa roban algún espacio a ecos de sociedad y algazaras políticas. Pero la gente está demasiado interesada por todo para interesarse por nada.

La Exposición cuantificó todo el enardecimiento plástico acumulable en la capital. A la vez, evidencia lo baldío del esfuerzo aplicado a tal causa, y a tal medio ambiente.

Se inicia el éxodo. Peinado, Bores, Cossío, Dalí. Ucelay, parten hacia París. Palencia les sigue final mente, con añoranza de volver en cuanto sube al tren. Los otros parten para ganar o perder, dejando atrás lo que dejan. Palencia va a contrastar su quimera frente a otras quimeras consagradas. No deja atrás nada que realmente deje.

París, entre gloria y miseria, era una fiesta para quien no era una sima. El imperialismo neocubista mantenía su vigor. Derain, Braque, Juan Miró, Paul Klee, Utrillo, Chagall, Dufy, Bonard, se hayan en plenilunio. Palencia dibuja algo en la "Grande Chaumiére". Los cafés de Monmartre, varaderos de la internacional del Arte, le conocen poco. Louvre, Jeu de Paume, Luxemburgo y demás centros de eternización plástica, le ven asomarse verazmente a sus brocales. Palencia va a París para quitarse de enmedio a París. No sé si, como en el adolescente de Joyce, intenta reconocer, por el silencio y la ausencia, "la conciencia increada de su raza". En todo caso, la frase puede ser válida en algunos de sus sentidos.

Los camaradas van arraigando a orillas del Sena, y abriendo caminos más o menos sinuosos. El de Barrax ya se había trazado el suyo. El suyo volvía siempre al punto de partida. Tardará lo imprescindible en conducirle de nuevo allí donde empezó.

En 1928, el Museo de Arte Moderno de Madrid pre­senta el resultado de su experimentación viajera. El lenguaje propio del arte moderno y universal aparece conjugado con las constantes del arte de siempre y de aquí.

1928 es una fecha crucial. Hasta aquí, Palencia ha ido trabajando su vida. A partir de aquí, comienza a trabajar su historia.
Vuelve a la tierra anímica y física. Durante tres años, pintor y suelo, personaje y acción, porfían, pactan, llegan a choques y acuerdos sustanciales. El no escucha más voces que la suya y la de los suyos. Finalmente, por incitación de las mismas, se obliga a escuchar otras. Palencia hace una pausa, y toma una dirección magnética. El objetivo se llama Italia. Estamos . en 1930.

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En una época sometida al informe de última hora, incluso en arte, sorprende que hombres de la vanguardia plástica acudan, por propia voluntad, a comprobar ecos, estelas o residuos de primera hora, almacenados en los viejos museos mediterráneos:
Para Benjamín, el viaje es más bien un débito sagrado. París le había informado copiosamente sobre gérmenes nuevos. Italia va a informarle sobre gérmenes inmemoriales. En la capilla de Arena, ante Giotto, «las manos más decididas y austeras que la pintura tuvo jamás, creador de sombras preparadas con cal y barro amargo», presiente la majestuosa esbeltez del gótico. Paolo Ucello, y Piera de la Fran­cesca, obsesos de una vesanía lineal y conceptual, confían alguno de sus secretos al enmudecido español, que les observaba en su Duomo. Después, cuando la obra aquí estudiada crezca por expansiones y represiones, por instinto y disciplina, el mar­gen algebraico de los Cuatrocentistas Itálicos contri­buirá a poner conciencia en la temeridad, severidad en el amor.
«El pintor tiene que coger el color en las manos para saber numerar su peso, lo mismo que sentir su timbre y el sonido de cada uno, para musicalizar los espacios poéticos en sus creaciones. La pintura española no ha sabido recoger esto".
La necesidad de recoger "esto" fue el porqué del viaje. En el ensayo "Giotto, raíz viva de la pintura", el pintor de Barrax testimonia su adhesión al gran florentino, y el ensamblado tácito o explícito de la ya estatuaria rojo-nieve de Giotto con la planimetría colorista de nuestro siglo.

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El documento sobre Giotto lleva fecha marzo, 1934.
Un tiempo ambiguo, en el que ansiedad, caos, violencia y fatalidad circulaban del brazo, fraternalmente. Es tiempo de Rafael Alberti, García Lorca, Moreno Villa, Maruja Mayo, Torres García, Luna, Fe­rranz, Manolo Altolaguirre, Emilio Prados, Alejandro Casona. Con "El lenguaje de la flores", "Nuestra Natacha", "El Caballero de Olmedo", la edad no cumplida de lunas y arcángeles, autos-sacramentales, superrealismo, juglaria labriega y marinera, peligro y risotada, "La barraca" inicia su marcha de campanas, banderas, mensaje ría específica, desastres y heroísmos. Palencia, materialmente raptado, decora, disfruta, vive en zozobra continua, busca soledad hacia Levante o hacia Poniente, pinta un poco, es hallado, reintegrado a la farándula, incorporado a los ilustres vagabundos. Pinta otro poco.
Año y medio más tarde, la palabra barroca, y, en aquellos tiempos, sibilina, de José Bergamín, proclama la síntesis plástica y poética aportada por un arte de España sobre España. -Arte de creación, y como todo arte cabal, un rico e iluminado laberinto. ¡Cuidado! iQue nadie trate de hallar la puerta de salida antes de haber hallado la de entrada!".
Realmente, no había demasiadas apreturas ante estas puertas. Existían otras más absorbentes, que iban a romperse por presión cruenta de la concurrencia, un día de julio de 1936.
El texto citado de José 8ergamín comenta la exposición de 1935, en donde Palencia aborda su rico e iluminado laberinto. Después fue después.

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La guerra, o sea, nuestra guerra, significa para Palencia, a parte de sus incertidumbres mortales, la privación de pintar: tres años de supervivir o de subvivir, por decirlo de algún modo. Me resisto a emplazar al pintor en la ciudad sitiada: también es cierto que todo en ella se resiste a emplazarle. Creo que pudo evadirse de la capital. Creo que no quiso abandonar su estudio ni su obra. Es todo lo que sé, y acaso todo lo que él quiere saber de aquello.
Cuando cesa el fuego, Palencia está solo, con una forma nueva de soledad; no la alcanzada por deseo o por amor, sino por el vacío o la nada. Esa soledad que deja sólo la guerra, por su vecindad con la muerte, digo yo.
Palencia lucha con este vacío. De alguna forma, necesita ser escuchado en la misma medida que escuchar. El paso de las armas, el tacto' directo de la desgracia, pudieron extremar en él una nostalgia de solidaridad.
La escuela de pintura de Vallecas responde a ésta. Un grupo de muchachos, tiznados todavía del polvo de los refugios, busca a quien mejor podía aconsejarles y establecen su campamento en el pueblo de carros y herreros, donde Madrid empieza a ser descampado y accede a chozas, cerros y trigales enjutos.
Palencia improvisa una suerte de teología de la intemperie. Recuerda a Alberto, cuando Alberto hablaba:
"Me dicen la ciudad. Y yo respondo: El campo: con las emociones que dan las gredas, las arenas y los cuarzos, con las tierras oliendo a mejorana: entre vegetales de sándalo, con las hojas secas de lija y un arroyo de juncos con puntas de acero galvanizado: con las tierras de Alcaen, de las Sagras toledanas, y los olivos cuajados de torvos negros... Que de aquí en adelante no sea yo más que un terrón de castellanas tierras, que el terrón sea de tierra parda en invierno, con rojo viejo de Alcalá, con amarillo pajizo y matas de manzanilla de Toledo, que mi tierra sea envuelta en colores de tomillo y de cantueso, que me den calor los conejos y las liebres, guar­dado de árboles de majuelas, tomillos y esbeltos ta­llos de hinojo.
Vallecas no contiene todo esto, pero acaso lo compendia con su otoño triguero, la modestia de cerros y la intensa penetración tomillar.
La Escuela vive en eterna vicisitud. Del atrio de la iglesia pasa a sombraja de melonar, de éste, cuando aprieta el frío, a una ermita abandonada, que se les viene encima clavando el segundo clavo. Una vieja herrería, ésta alquilada, les cobija finalmente. Ellos hacen de todo: albañiles, carpinteros, decoradores, mueblistas. Uno de ellos pintó casi todo el techo con un pincel de acuarela. Ellos se llamaban Alvaro Delgado, Carlos Pascual de Lara, Francisco San José, y, con mayor o menor proximidad, Gregario del Olmo, Enrique Castelo, Luis Castellanos, Luis García Ochoa, Cirilo Martínez Novillo.
El pueblo vallecano, desde puertas y ventanas nimbadas de solo de escarcha, les vio llegar con cierto estupor. Cuando siguen llegando por la carretera ne­vada o abrasada, empapados hasta los huesos o sudando huesos, intuyen que algo respetable se ventila entre los congregados.
Deben respetarse. La estufa del herrero se enciende los días duros para calentarlos. Los frutos del secano ilustran, con su pulpa roja y dorada, las escuetas comidas del Convivio.
Dura dos años. Todavía pueden hallarse vestigios de aquellas jornadas. Sobre muros, tapias, mojones. postes, en lucha con el publicitarismo de detergentes y urbanizadores, siguen grabados, en pequeño, fechas y nombres tutelares: Piero, Domenico, Juan Gris, Picassooo...
En la loma de Artesa, al aire candeal de las alondras, levantan el monumento a los plásticos vivos: ladrillo, piedra y cal. Inscripción: "Ellos poseen la piedra filosofal y transforman la pintura en oro puro" Firman todos los héroes que integran vanguardia y eternidad de la pintura.
Fueron dos años. De ellos salieron todos para volar alto, menos alguno, a quien el destino no dio tiempo a volar.

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Por lo demás, o por lo de menos, el Madrid de postguerra no ha cambiado respecto al anterior, en cuanto a arte se refiere. El pintor continúa halagando clientelas, que querrían, en suma, pintar ellas, pintarse ellas, como ellas se ven o se creen. El dinero comienza a ganarse sinuosamente, aunque abundantemente. y, entre los dividendos de aluvión, queda algún excedente para subastar la dignidad del artista.
Continúan en activo los feudos "folklore" y "academia". Ancianidad y mocedad comarcales, atrapadas en un marco como en un cepo, exhiben los símbolos étnicos como ciertos amputados sus muñones. Un bodegonismo sincronizado les acompaña con cobres, pimenteras y gallos de corral. La iconografía de sociedad agrega sacarina y pirotecnia al espectáculo. Galerías de Arte y Exposiciones oficiales no parecen afectadas por el tiempo pasado, quizá porque, al nacer, ostentan ya todo achaque previsible.
Palencia sigue trabajando. Por fidelidad a sus con­vicciones y desinterés de los ofertorios madrileños. busca otra paz bajo otros quicios. Villafranca de Avila, en plena paramera central. le ofrece lo que quiere y lo que tiene: tierra intacta, horizonte de tomillo y pastoreo, labranzas y labriegos, bestias casi mine­rales, rocas casi animales, articulan sus colores. Allí hace sus cuadros como si hiciese su casa. Los nombres que cercan el lugar elegido garantizan su recie­dumbre romance: Zapardiel, Diego Álvaro, Hernán Sancho, Burgohondo, Pradoseguro, San Juan de la Nava.
Zagales, trashumantes, gentes de honda y abarca, sujetos fibrosos, pan, miel y caza, fondos de pueblos coral, sembraduras artilladas de perdices, serranías con vetas fresa, azufre, pizarra, óxidos y herrumbres de intemperie, le proporcionan lo que ya estaba hecho por Dios y desconocido por el hombre.
Hace acto de presencia en el arte de su patria, entendiendo que este es su derecho y no menos su deber. Acude a las Exposiciones Nacionales, como si acudiera a filas. Su cuadro "La era" recibe Tercera Medalla en 1941. Dos años más tarde, una panorámica de Toledo, Medalla de Primera Clase. Esta pugna medallada, tan dura como pueril, no hace a nadie mejor ni peor, mas posee entidad ideal para que quien la consigue pueda olvidarlas o ser olvidado con parecidas probabilidades.

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El tiempo del pintor va transcurriendo entre la casa serrana, estudio madrileño, estancias en el Mediterráneo, viajes circunstancial es, a Italia sobre todo, convivencia escasa, soledad. El Gran Premio de la I Bienal Hispano-Americana, a un paisaje de San Juan de la Nava, tiene eco persistente. Ya puede vivir en la resignación de su gloria, de su firma, de los cuadros que arrancan de sus manos, de una hegemonía plástica que empieza a no discutirle nadie más que él mismo pidiéndose más a sí mismo.

Para algunos, ahora empieza a ser quien fue, según dicen. Para muchos, fue siempre quien es, según decimos. Resulta de mala ley disminuir obra de un pintor, utilizando en contra obra previa o posterior del mismo pintor. Todas, en el caso Palencia, derivan del mismo enfrentamiento o camaradería entre lógica y caos, planeta y hombre, raza y universo. Si los términos en liza se han pacificado, si uno ha cedido ante el otro, ciertamente los frentes están donde estaban y las espadas siguen en alto.
En el día de hoy, igual que ayer o hace veinte años, alguien añora perros de estación, basuras, y cardos secos de las afueras madrileñas, con otro anhelo pero con toda legitimidad. Uno puede, despues de todo, ser profeta en su patria, a condición de pasar por cuanto debe pasar el profeta, incluso por perro de estación. En ocasiones, quizá hasta valga la pena. De la pena, quizá nazca el profeta.