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Los nombres de Orozco, Rivera, Portinari, Tamayo y Guayasamín forman la
estructura andina del continente. Son altos y abundantes, crispados y
ferruginosos. Caen a veces como desprendimientos o se mantienen naturalmente
elevados, unidos territorialmente por la tierra y por la sangre; por la
profundidad indígena. |
Guayasamín, entre los unos y los otros, emprendió en su obra el juicio final que
le pedíamos a los solitarios del Renacimiento. Pocos pintores de nuestra América
tan poderosos como este ecuatoriano intransferible: tiene el toque de la fuerza;
es un anfitrión de raíces: da cita a la tempestad, a la violencia, a la
inexactitud. Y todo ello, a vista y paciencia de nuestros ojos, se transforma en
luz. |
Suponemos que el realismo ha muerto. Y hemos celebrado el funeral porque no lo
mataron los quiméricos, los irrealistas, sino los propios realistas que lo
realizaron, extinguiéndolo hasta presentarnos un realismo sin carne y sin hueso:
la imitación de la verdad. |
Guayasamín es uno de los últimos cruzados del imaginismo: su corazón es nutricio
y figurativo: está lleno de criaturas, de dolores terrestres, de personas
agobiadas, de torturas y signos. Es un creador del hombre más espacioso, de las
figuraciones de la vida, de la imaginación histórica. Yo le tengo en mi santoral
de los santos militares, aguerridos, jugándose siempre el todo por el todo en la
pintura. Las modas pasan sobre su cabeza como nubecillas. Nunca le
aterrorizaron. |
Presento, y es mucho honor para mí, a este pintor germinativo y esencial, seguro
de que su universo puede sostenerse aunque nos amenace como un derrumbe cósmico. |
Pensemos antes de entrar en su pintura, porque no nos será fácil volver. |
| Pablo Neruda |
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