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Jorge Rodríguez-Gerada |
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Jorge
Rodríguez-Gerada ocupa un espacio singular en el
arte urbano. Desde su irrupción, en los años
noventa, con Culture Jamming, hasta sus recientes
Memorailitícas, el suyo ha sido un derrotero
'lateral', marcado por una navegación contra la
corriente. |
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No es
que su obra haya esquivado los argumentos
característicos de esta práctica, pero sí que ha
tomado suficiente distancia de algunos de sus tics
- el exceso de ego propio del graffiti, La
estridencia visual, La estética invasiva - para
situarse en una esquina más sosegada y, sin duda,
más reflexiva. |
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El
graffiti es, desde Luego, un arte exhibicionista,
pero también ensimismado. Es eminentemente visible y
a La vez suele requerir La clandestinidad de sus
autores. Es deslumbrante y, asimismo, críptico:
cargado de mensajes que todos podemos ver pero que
no todos podemos 'leer', con su lenguaje
indescifrable y el alfabeto imposible, La clave
sectaria y la jerga tribal... |
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Rodríguez-Gerada no es ajeno a ese mundo y buena
parte de su obra comparte algunos de sus códigos: el
uso de los muros, la desmesura en la escala
pictórica, La función totémica de su imaginario. Sin
embargo, sus diferencias son, si cabe, más poderosas
que sus confluencias. Así sucede, por ejemplo, en
sus proyectos Terrestrial Series -la pieza dedicada
a Obama, el homenaje al arquitecto Enric Miralles-,
donde consigue 'disipar' las opciones contemplativas
de un espectador al que sólo le queda la opción de
'participar'; de incluirse en una mirada que lo
desborda y deja de ser la suya. Estos dos proyectos
-que sólo pueden ser captados, en su totalidad,
desde el cielo- son, en realidad dos mandalas
urbanos que alcanzan una envergadura ritual. |
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Más que
un 'artista', en su sentido más estricto, Jorge
Rodríguez-Gerada puede ser calificado como un
'archivista' urbano. Y más que invadir, sus acciones
documentan el registro de los urbanitas y sus
tensiones con las ciudades que habitan. |
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Por
paradójico que nos resulte, sus obras, incluso las
más gigantescas, están impregnadas de una escala
humana. Así, cuando en los retratos de Identity
Series el habitante 'común' de un barrio cualquiera
se topa con su retrato agigantado, de algún modo su
anonimato y su vida cotidiana obtienen una
recompensa trascendental. |
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Más que
la marca del artista, esos retratos sobre los muros
certifican la impronta de los otros. Constituyen una
memoria que se resiste a ser, exclusivamente, una señal fugaz.
Esa resistencia, genera un cierto
estado de angustia en los que se cruzan con esas
paredes y esas caras. Un desasosiego que, sin
embargo, no es debido a su agresividad, sino a su
dificultad. Después del primer choque con estas
imágenes, resulta imprescindible mantener el reto
implícito que nos lanzan -su propósito de golpear en
nuestra mente más que en nuestra retina. Sólo
entonces, estaremos en condiciones de 'completarlas'
y desplazar nuestra mirada del retrato al retratado. |
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El arte
urbano de Rodríguez-Gerada habita, por momentos, en
alguna región de la arqueología. Sus esculturas
amalgaman de manera 'natural' el pasado y el
presente, la historia y la vida cotidiana. Poseen
una disposición litúrgica que las hace conectar, en
la línea del tiempo, a los antiguos romanos con las
revueltas urbanas, al hip hop con la cultura
rupestre, la calle y la caverna, el insulto y la
mitología, el instinto y la política. |
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Si
Rodríguez-Gerada hace 'habitar' a sus propios hijos
en las piedras y ladrillos antiguos, es para
impregnar la vida presente de una historia y una
tradición que los contemporáneos arrastramos, aunque
no siempre nos percatemos de ello. Hay un gesto
humanista en ese reconocimiento de pertenencia a
todos los mundos que dieron lugar a esas piedras... |
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Pese a
ese ensanchamiento en épocas y dimensiones, y pese a
que no traiciona en ningún momento su condición
urbana, la obra de Rodríguez-Gerada no 'cruje' en
una galería. Tiene una presencia propia que no
obedece exclusivamente a un cambio de escala, ni se
comporta como un muestrario reducido de su
trayectoria habitual. En este caso, como en todo su
recorrido, se trata de resituar un mundo en otro,
una época en otra, un significado en otro. Sus
piezas se comportan, en este ámbito, como un ready
made, dispuestas a solventar sus deudas con el arte,
en general, y con el arte urbano en particular.
¿Evocación de Banksy o de Blu? Sí, pero también de
Duchamp, Brancusi o Picabia. De la 'escultura
expandida' de Rosalind Krauss; de Robert Smithson o
Ana Mendieta. |
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De ahí,
quizá, la invitación a asumir la piedra, el ladrillo
o los muros como dispositivos 'naturales' del arte
urbano, como activos propios que recuerdan, de
alguna manera, su condición 'rupestre'. De ahí,
pues, el animismo que alienta este discurso. Más
allá del juego de palabras, para RodríguezGerada la
columna es, también, 'nuestra' columna. Nos sostiene
físicamente, pero también nos vertebra en el tiempo.
Nos sujeta al presente con la historia de nuestros
antepasados. De ahí, finalmente, que los ladrillos
'nos hablen', desde ese tratamiento sensual de las
piedras y su simbiosis con la dimensión humana. |
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Pensemos
en Memorylithics: son obras recientes y al mismo
tiempo contienen siglos de antigüedad. y aunque la
transformación de este patrimonio en 'otra cosa'
pueda resultar 'herética', su meta no está ni en la
herejía ni en una vacua 'modernización', sino en su
incorporación al minuto humano de nuestro presente.
En Urban Analogies, un trabajo sobre superficies de
muros extraídos con más de doscientos años de
existencia, los restos de otro tiempo y otro mundo
se trasladan a nuestra época, pero sin agredimos:
nos conquistan pero no nos colonizan. |
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Aunque siempre ha sido 'citadino', el arte urbano no
siempre ha sido ciudadano. Jorge RodríguezGerada
le ha dotado de esta condición. Y lo ha conseguido
por el hecho de que su obra no está hecha
por y para urbanitas. Se dirige, ante todo, con toda
la implicación de esta palabra, a la ciudadanía que
está obligada a vivir y, sobre todo, a transformar
esa mole que conforma la ciudad del siglo XXI. |
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Iván de la Nuez |
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